OPINIÓN

Los therians y el servicio militar

En pleno debate en la Europa del estado del bienestar sobre la necesidad de recuperar el servicio militar para jóvenes de ambos sexos, se expande por los medios patrios el afloramiento súbito en España del denominado fenómeno therian -en correcto castellano, deberían llamarse ‘terianos’ o, más precisamente, ‘teriántropos’-, importado, cómo no, de otros lares.

Los terios originales son los mamíferos placentarios y los marsupiales, es decir, aquellos que, como usted o yo, no ponemos huevos para reproducirnos (dicho sea en sentido literal y no coloquial).

Muchos conocíamos el caso de Toko-san, un muchacho japonés que en 2022 se hizo famoso porque cumplió su sueño de andar por ahí ataviado con un disfraz hiperrealista de collie que le costó un pastizal. Los japoneses fueron siempre raritos, así que la cosa no nos extrañó demasiado, pues casaba perfectamente con una sociedad en la que prolifera la soledad entre la multitud, la asexualidad en una cultura de ancestral erotismo y el culto por los dibujitos animados para adultos en el país adoptivo del genovés Marco Rossi y de la suiza Heidi.

En España, la cosa resulta un poco distinta. Aquí hace sol, hay vino y cerveza a precios módicos, es fácil interrelacionarse con el prójimo o la prójima, nos gusta la fiesta y el cachondeo, el fútbol no es una caricatura de Oliver y Benji y el comer es una religión. De modo que para qué diantre querría un joven español andar haciendo en público el memo disfrazado de perro, de gato o de oso hormiguero constituye para mí un verdadero enigma.

Dicen los psicólogos más reputados que los terianos no sufren desorden psíquico alguno. Paréntesis: siempre me pregunté quién diagnostica a psicólogos y psiquiatras de los suyos. Pero vale, aceptemos que ser o hacer el gilipollas con fruición no necesariamente deriva de un proceso patológico. Como mínimo, no de una patología individual, aunque probablemente sí de una dolencia colectiva.

Porque, claro, no hay rastro de terianos en sociedades en las que se pasan penurias y en las que cada mañana uno no tiene la certeza de si va o no a poder comer. Se trata de un fenómeno nacido del aburrimiento, de la autocomplacencia, del ombliguismo, del onanismo mental y de la multitud de ‘ismos’ que minan las sociedades avanzadas y, especialmente, su juventud.

Quizás sea también un reflejo de la frustración ante el futuro que se les dibuja y su proverbial necesidad de llamar la atención.

¿Y qué tiene todo esto que ver con el servicio militar obligatorio? Pues mucho, a mi juicio. Para empezar, confieso que no soy capaz de representarme a mí mismo en 1991 contándole a mi sargento que no me estaba sintiendo espiritualmente humano y que me identificaba más con un zorro o un bonobo. Me recuerdo, en cambio, levantándome, afeitándome, haciendo la cama, vistiéndome y formando en la misma fracción de tiempo que ahora preciso únicamente para tomar conciencia de que estoy despierto. Un prodigio que solo podía explicarse por la intervención del poderoso estímulo de no ser arrestado y quedarme sin paseo.

Con 4,6 kilos de CETME terciado y subiendo al PT-2 a paso ligero, o dando barrigazos y arrastrándose pintado de mimeta por los pinares del Coll de Sa Creu dudo que ningún joven de mi generación tuviera siquiera la tentación de preguntarse con qué especie animal se identificaba más, si con un pastor alsaciano o con un ornitorrinco. Si acaso, a veces te sentías un poco asno, pero se nos pasaba.

El servicio militar obligatorio, además de cubrir -mejor o peor- necesidades relacionadas con la defensa nacional, cumplía una función terapéutica esencial, y era la de espabilar y quitar la tontería a muchos jóvenes, acostumbrados al dulce regazo de papá y de mamá. El estar sometido a una disciplina que no admitía debate asambleario; el confraternizar con tus quintos provenientes de todos los rincones de nuestra geografía y de todas las extracciones sociales y culturas de nuestro país era algo que no tenía precio, aunque quizás no fuéramos conscientes de ello.

Naturalmente, un cuarto de siglo después de su abolición, la hipotética reimplantación en España de un servicio militar obligatorio debería experimentar cambios sustanciales. El principal, el de acabar con la discriminación que constituía el monopolio masculino. El segundo, el acotar su duración a lo estrictamente necesario, haciendo posible, además, la compaginación de la mili con la vida laboral o académica de los jóvenes, como se hacía con las antiguas milicias universitarias o actualmente con los reservistas voluntarios. Finalmente, modernizar su contenido para que no solo constituyera una etapa de iniciación a la vida adulta, sino también una contribución de los jóvenes verdaderamente útil para la defensa.

Me parece a mí que otro gallo nos cantara.

Marc González

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