Bangkok debía ser una noche de brillo controlado, pero el certamen terminó convertido en un caso global de reputación. La victoria de Miss México, Fátima Bosch, ha llegado acompañada de una tormenta perfecta: un enfrentamiento viral con un directivo que la llamó “dummy”, disculpas públicas, dimisiones (o supuestas dimisiones) en el jurado y acusaciones de un “panel paralelo” que habría condicionado el Top 30. La organización lo niega. Y, justo ahí, está el problema: cuando la confianza se rompe, la corona pesa menos.
El origen de todo no fue la final, sino un episodio previo que explotó en redes. Según varias crónicas, Nawat Itsaragrisil (vinculado a la organización y al entorno del certamen) reprendió públicamente a Fátima Bosch durante un livestream, cuestionó su implicación en actos promocionales y terminó llamándola “dummy”.
La reacción de Bosch—defendiendo su integridad y reclamando respeto—conectó con una audiencia que ya no consume concursos de belleza como hace diez años. Lo que antes se habría archivado como “drama de backstage”, hoy se lee como un asunto de dignidad y trato a las mujeres.
Después llegaron las disculpas de Itsaragrisil y, sobre todo, el intento de la organización de marcar distancia. La prensa recogió que el presidente de Miss Universo, Raúl Rocha, condenó ese comportamiento y limitó la participación del directivo en el certamen, insistiendo en el respeto hacia las concursantes.
Mientras la conversación pública ardía por el “dummy”, se abrió un segundo frente más delicado: el de la credibilidad del sistema de selección.
El músico y empresario Omar Harfouch, anunciado como juez, comunicó su salida y aseguró que el Top 30 habría sido elegido por un “jurado improvisado” o un grupo no autorizado, con posibles conflictos de interés.
Algunos artículos amplían el relato: Harfouch llegó a sugerir presiones y habló de jueces “simbólicos”, además de plantear la posibilidad de emprender acciones legales.
La organización ha negado esas acusaciones, reafirmando que los procesos siguieron los protocolos establecidos. Y aquí aparece el factor confusión: Rocha llegó a publicar que “ningún juez renunció”, pese a la cascada de informaciones y comunicados sobre salidas del panel.
Este cruce de mensajes —acusación por un lado, negación por otro, y matices sobre “qué significa renunciar” o “ser removido”— es gasolina para el algoritmo. Pero también erosiona lo esencial: si el público no entiende quién decide, sospecha que decide el poder.
En ese contexto, Bosch no solo ganó: tuvo que posicionarse. Medios como People y Entertainment Weekly recogen que ella rompió el silencio tras la polémica, defendió su derecho a ser respetada y enmarcó su victoria en valores personales (incluida su fe), además de hablar de propósito y de lo que quiere hacer con la plataforma.
Su triunfo, además, tiene peso histórico para México (una de las potencias del certamen), y la convierte en un símbolo doble: la ganadora y, a la vez, la cara visible de un sistema bajo lupa.
Miss Universo no es solo un show. Es una industria: sponsors, audiencias, acuerdos televisivos, turismo de eventos y un modelo de “plataforma” que promete impacto social. Precisamente por eso, cuando hay sospecha de manipulación, el daño es mayor.
En 2025, la audiencia pide tres cosas muy simples:
Respeto y trato digno (lo del “dummy” ha sido un misil emocional).
Transparencia real sobre quién decide y cómo decide.
Coherencia narrativa: si el certamen se vende como “empoderamiento”, no puede sostener dinámicas de humillación pública.
En Baleares lo hemos visto en otros formatos —festivales, galas, grandes aperturas de verano—: a veces el “fuera de plano” (quién manda, quién entra, quién controla) se come el propio espectáculo. La diferencia es que aquí el producto es la credibilidad. Y cuando eso se quiebra, el brillo no arregla nada.
Si Miss Universo quiere sobrevivir a esta temporada —y no vivir de polémica para “views”— necesita decisiones medibles:
publicar criterios de selección y mecanismos de votación (sin florituras),
clarificar roles de comités y jurados,
y proteger a las concursantes con protocolos de conducta internos.
Porque el público puede perdonar un error. Lo que no perdona es la sensación de que el sistema está diseñado para no ser creído.
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