Otto von Bismarck probablemente jamás imaginó un personaje como Pedro Sánchez. La famosa cita que se le atribuye falsamente (ma, se non è vero, è ben trovato), señalaba que España era la nación más fuerte del mundo, por cuanto los españoles llevábamos siglos intentando destruirla sin conseguirlo. Algo de verdad hay en ello, sin duda.
Sánchez quiere enmendarle la plana al príncipe alemán -en Alemania, lo de príncipe viene a ser algo así como botifarra en Mallorca- y se afana cada día en no dejar piedra sobre piedra.
La buena noticia es que, aunque ya no exista el parlamento -el Congreso de los Diputados actual es en sí mismo un chiste de humor negro-, aunque el Gobierno haga cualquier cosa menos gobernar, aunque Pedro se haya rodeado de todito lo peor de la política en lo que llevamos desde la Transición -y más allá, como diría Buzz Lightyear-, aunque intente extender la gangrena a los tribunales, a la policía, a la Guardia Civil y a toda cuanta institución haya conseguido parasitar desde su pensamiento psicopático, ‘como mucho’ va a destruir el Estado.
El daño no es menor, ciertamente, es catastrófico. Nos va a costar un número de décadas que ya no veremos el recuperar las superficies arrasadas por el fuego, restablecer las infraestructuras hidráulicas, nucleares, o de comunicaciones desarboladas y crear otras adecuadas a una España de más 50 millones de habitantes; Restañar el daño causado a la Corona, a la Justicia, a las fuerzas armadas, a las fuerzas y cuerpos de seguridad. Y más nos va a costar tratar de lograr la posición que, en el concierto internacional, debería correspondernos.
Sánchez pasará a la historia como el felón inútil, perverso y narcisista que es, quizás ex aequo con Fernando VII, pero su gran fracaso será que, por más que lo haya intentado todos los días con su miserable política de dividir a los españoles en dos bandos y echar anticoagulante a las viejas heridas de nuestros abuelos, (convenientemente animado por sus socios secesionistas), no habrá podido acabar con la nación española.
Porque, amigo, hablemos de cosas serias. Cuando el francés nos invadió en 1808 para, supuestamente, civilizarnos como satélite de su imperio, España ya fue una nación sin Estado, una nación inopinadamente surgida de la unidad de intereses y afectos de pueblos sin gobierno que hasta entonces habían vivido prácticamente de espaldas bajo el único nexo común de un mismo rey. Castilla, mirando al Atlántico y Aragón, al Mediterráneo. No fueron los Borbones quienes vertebraron la nación española, aunque importásemos su centralismo metaparisino y su absurdo sacrificio de nuestra diversidad. No, en realidad fue Bonaparte quien consiguió el milagro de unirnos bajo una misma bandera para devolverlo a Malmaison con un lazo tricolor en su corso culo.
Me estaré haciendo viejo, pero pensaba en cosas como ésta cuando el pasado 19 de julio veía las imágenes de toda clase de gentes en pueblos y ciudades de Euskadi, de Navarra, de Cataluña, del más recóndito lugar de la geografía española celebrando el éxito deportivo de los nuestros. Porque, como patriotas, los españoles somos raros. Si alguien enarbola la rojigualda sin motivo aparente rápidamente se le tacha de facha. Pero si se trata de romperles los huevos a los argentinos sobre el rectángulo de juego -con perdón por la expresión, préstamo porteño-, entonces aflora la nación. No se sabe muy bien dónde diantre de nuestra anatomía se esconde mientras no juega Carlos Alcaraz o la selección -masculina o femenina- de fútbol, o abre la boca Mohamed VI o Donald Trump, pero, de existir, está claro que existe. Quizás únicamente haga falta que algún imbécil la niegue para que, desde un oscuro rincón en la última célula de nuestro ADN salte y diga a voz en grito: somos españoles, no vais a acabar con nosotros.





