La contracrónica

Como antes, más que antes, te amaré...

Mesa redonda sobre educación y tecnología en el Parc Bit de Mallorca
Un momento de la mesa redonda. Foto: J. Fernández Ortega

El escenario elegido para la nueva mesa redonda organizada por el Club mallordiario.com, el auditorio del Parc Bit, se ajustaba a priori como anillo al dedo —o, mejor dicho, como algoritmo a base de datos— al tema sobre el que iban a debatir este jueves por la tarde los cinco ponentes previstos, bajo el epígrafe de ‘La educación en el nuevo mundo digital’. Y realmente ha sido así.

Hasta ahora, este cronista no había estado nunca en el Parc Bit, que vendría a ser como una especie de pequeño Silicon Valley, aunque nuestro parque tecnológico no se encuentre exactamente en un valle ni albergue tampoco demasiado silicio en su interior.

Quienes seguramente sí habían estado en alguna ocasión previa en el Parque Balear de Innovación Tecnológica eran los cinco invitados a la mesa redonda de este jueves, Mateu Suñer, Xavier Ferriol, Xavier Varona, Miquel Flexas y Diego González, así como también la moderadora del evento, Cristina Torres, y el conseller de Educació del Govern, Antoni Vera, que era el representante institucional previsto para hacer una primera intervención antes del inicio del debate.

Sabiendo que todos ellos hablarían de dos de los cuatro temas intemporales que más me interesan en estos momentos, la educación y la inteligencia artificial —los otros dos serían las femmes fatales y el Mallorqueta demicheliano—, era consciente de que en esta ocasión debía de ser especialmente puntual para no perderme ningún detalle de sus respectivas intervenciones.

Como suelo extraviarme con una cierta facilidad más allá de las Avenidas, incluso en los lugares que conozco más o menos bien, pensé que lo mejor sería intentar llegar al Parc Bit con media hora de antelación como mínimo. La mesa redonda empezaba a las siete de la tarde, así que le pedí a mi buen amigo Manucletu —nombre ficticio— si por favor me podría acompañar con su coche. Me dijo que sí, pasó por mi casa a las seis y cuarto, y a las seis y media ya estábamos en la entrada del Parc Bit gracias a su buena orientación y a la sabiduría innata del GPS de su vehículo.

Tras darle las gracias a Manucletu, me vine psicológicamente arriba y le dije que me dejara allí mismo, que ya encontraría yo solo el auditorio en un par de minutos. Pero lo cierto es que aun ahora lo estaría buscando si no hubiera sido por las amables personas con las que me crucé y a las que pedí que por favor me orientasen para poder encontrar dicha sala de actos, en aquel momento todavía ignota para mí.

Debe de ser cierto aquello de que preguntando se llega a Roma, porque fue así como pude llegar finalmente a mi destino, cuando aún faltaban varios minutos para el inicio de este evento. Mientras me recuperaba poco a poco de mi larga caminata parcbitera, incluso me dio tiempo a saludar a mi buen amigo Luca Monzani, a charlar brevemente con mis compañeros y compañeras periodistas, a comerme tres chuches sin azúcar y a contestar todos los whatsapps de felicitación que me habían enviado por mi santo y que aún seguían pendientes de respuesta.

El primer whatsapp lo había recibido a las 05.54 de la madrugada y el último lo acabé recibiendo a las 23.59 de la noche, en la mayoría de casos de personas que hacía doce meses exactos que no me escribían o que yo no recordaba conocer, lo que estuvo a punto de generarme una especie de estrés postonomástico. Por fortuna, ese momento crítico no llegó, en buena medida por el muy buen sabor de boca que me había dejado la mesa redonda que les estoy comentando hoy.

En esa charla se habló, entre otras cosas, de la necesidad de integrar la IA en la educación, superar la brecha digital, usar la tecnología de manera responsable, fomentar la necesaria colaboración entre docentes y familias, escuchar a los expertos y a la Administración pública cuando hacen sus propuestas en esta materia o reconocer que el ChatGPT ha venido, ay, para quedarse.

Todas esas buenas ideas podrían ser, además, extrapolables a otros ámbitos, más allá del estrictamente educativo, porque de una forma u otra jamás dejamos de aprender y porque las nuevas tecnologías están hoy más presentes que nunca en casi todos los aspectos de nuestras vidas. Tengo un conocido que, sin ir más lejos, suele repetirme que sus dos mejores amigas íntimas son Siri y Alexa. Y hasta ahí puedo leer.

Sin llegar quizás a esos extremos, también es verdad que muchos de nosotros sentimos hoy por los ordenadores personales, las tabletas, los iphones o los smartphones una pasión seguramente no demasiado alejada de la que expresaban los cantantes y los grupos melódicos de los años cincuenta y sesenta cuando hablaban de la persona amada.

Así sería también en mi caso, aunque reconozco que me costó algo de tiempo poder llegar a adaptarme a los nuevos cánones informáticos, pues yo aún crecí usando los lápices Alpino, las gomas de borrar Milan y los bolígrafos Bic en la escuela. Y luego, ya en la universidad, entregaba mis trabajos utilizando mi vieja máquina de escribir portátil Olivetti y empleando el Tipp-Ex cuando me equivocaba, que solía ser bastante más a menudo de lo que mis profesores hubieran deseado.

Varias décadas después, todavía no he conseguido modernizarme hoy del todo, como saben bien mis compañeros y amigos del diario, pero aun así hay días en que cuando me siento delante del ordenador y veo que soy capaz de dominar el nuevo programa a la perfección, le cantaría a la pantalla de plasma y al ratoncito de plástico el mítico tema 'Como antes' de Los Cinco Latinos, haciendo honor al espíritu de crooner de karaoke que todo periodista de raza y de más de sesenta años de edad lleva casi siempre dentro.

En este hipotético supuesto, yo emularía a la gran Estela Raval declamando con arrobo de persona enamorada: «Como antes, más que antes, te amaré./ Por la vida, yo mi vida te daré»; mientras que Ramón, Malik, Tommy y Rafa harían los coros, y Javi dirigiría con mano firme toda la parte visual y escénica.

Ello explicaría, al menos en parte, la curiosa reacción que tuve este jueves cuando acabó la mesa redonda en mi recién descubierto Parc Bit, un espacio que realmente me encantó, aunque quizás le falte algo más de iluminación nocturna en algunos tramos exteriores concretos.

La cuestión es que en un momento dado me sorprendí a mí mismo pensando en todas las bondades de la inteligencia artificial y susurrando el estribillo esencial de la citada canción: «En mi mundo, todo el mundo eres tú./ Nunca a nadie quise tanto como a ti./ Cada día, cada instante, dulcemente te diré:/ como antes, más que antes, te amaré». Dicho esto, sólo me gustaría añadir que ese amor incondicional y desesperadamente romántico no incluiría, al menos por ahora, un posible ménage à trois con el cada vez más deseado ChatGPT.

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