Charles Fourier, encerrado en un cuartucho rodeado de gatos, con un conocimiento limitado de la vida, pretendió diseñar una sociedad perfecta. Así nacieron los falansterios, en los que las jornadas laborales estaban milimétricamente diseñadas en función de los gustos particulares de cada persona para que el trabajo dejara de ser una esclavitud y se transformara en un placer. A partir de ahí la cosa entraba en un terreno involuntariamente cómico, porque Fourier hacía una clasificación tan exhaustiva de los gustos (las «pasiones» las llamaba él) que llegaba a distinguir entre los que preferían recolectar frutas maduras o pasadas. Por cierto, las tareas que obviamente no encajarían en los gustos de nadie, como la limpieza de las letrinas, Fourier las delegó en los niños (a los que llamaba «pequeñas hordas»), y ahí estuvo bien.
Al menos Fourier pretendía basarse en las preferencias de la gente para diseñar su utopía, pero era frecuente que los utópicos (como Owen o Cabet) consideraran al humano perfectamente moldeable, una pizarra en blanco en la que proyectar sus ocurrencias y materializarlas mediante la educación. Y este era su error fundamental, el que motivaba que, cuando pretendían llevarlas a la práctica, sus utopías fracasaran estrepitosamente. Consideren un ejemplo más reciente. Cuando comenzaron a crearse kibbutzim en Israel, se pretendió separar a los hijos de los padres, que durmieran en residencias colectivas, y que fueran educados colectivamente. Esto, de paso, rompería el rol cuidador de la mujer, y propiciaría una sociedad más igualitaria. Pues bien, el experimento fracasó por completo porque pasó por alto la naturaleza humana, que viene precargada con instintos, preferencias, manías o «pasiones» como el cariño y el deseo de proporcionar cuidados a los hijos. Es decir, no se puede crear una sociedad estable prescindiendo de los mimbres con los que estamos construidos.
Más siniestro fue el populista ruso Petr Tkachev que, también mediante la educación, pretendía «la gradual abolición de las diferencias físicas, intelectuales, y morales entre los hombres». Su objetivo, entonces, era crear una sociedad parecida a un hormiguero o un panal. Pero ¿queremos los humanos ser iguales, o aborrecemos esa idea? Pues de esto es de lo que trata la serie Pluribus, que pueden ver en una famosa plataforma. El origen del problema es lo de menos, pero parece ser que una espora extraterrestre ha contaminado a la humanidad con un curioso efecto: ha fundido a las personas en un todo y ha creado una mente colmena. Ahora las diferencias han desaparecido, y cada uno de los individuos es todos: comparten sus recuerdos, sus vivencias, y sus conocimientos. Es evidente que la cosa tiene algunas ventajas: una vez contaminado, uno tiene acceso a los conocimientos del premio nobel de Física y a los recuerdos sexuales de Leonardo DiCaprio; puede manejar un Jumbo y practicar una apendicectomía con la destreza del mejor cirujano del Mount Sinaí. Además todos los infectados por la igualdad son amables y felices. A cambio parecen tener tantas emociones como un pez muerto.
El caso es que la contaminación no ha afectado al 100% de la humanidad: hay trece personas que conservan su individualidad, y contemplan con distintos grados de aceptación u horror las circunstancias. Hay que decir que los humanos-abeja acceden a todas las peticiones de los sanos, por extravagantes que sean, y lo hacen siempre poniendo buena cara. Gracias a eso uno de los trece decide aprovechar la situación, se queda con el Air Force One y lo llena de supermodelos femeninas. La situación, aunque a primera vista podría parecer atractiva, no lo es tanto si uno lo piensa bien. Como cada persona contaminada es todas, si usted se acuesta con (digamos) Adriana Lima lo estará haciendo simultáneamente con su profesor de derecho administrativo, el vecino obeso del tercero, la delantera del Albacete, e incluso con sus padres (los suyos, los de Adriana Lima y los de la delantera del Albacete). Uno, además, recuerda el chiste del que se acerca a la recepción del hotel y pregunta: la persona que pasó la noche conmigo ¿ha dejado alguna nota? Sí, contesta el recepcionista, le ha puesto un tres. Pues en Pluribus su puntuación es inmediatamente conocida en todo el mundo; esto sí que es transparencia. Dejando aparte este pequeño inconveniente, usted puede vivir en la casa más bonita que encuentre (yo ya he seleccionada la mía en Palma, en Dalt Murada, por si llegan las esporas) y coger al primer prójimo que pase por la calle, que le preparará encantado el mismo sushi que el chef Endo del Hanaita, o el arroz del Cap Roig de cala Mesquida.
El objetivo de los humanos-abeja es conseguir que los trece se incorporen también a su comunidad. Pues bien, ahora pónganse en su situación. ¿Renunciarían ustedes a su individualidad? ¿Aceptarían de buen grado la disolución en la colmena? ¿Desearían ser permanentemente felices, pero iguales y sosos? Yo tengo claro que no, y que la autonomía y la individualidad son atributos esenciales del humano. En realidad, aunque hablemos mucho de ella, la igualdad nos da bastante pereza, y quizás era esto a lo que se refería el biólogo Edward O. Wilson cuando emitió esta sentencia sobre el comunismo: excelente ideología, especie equivocada. Pues eso.



