La presidenta del Observatorio contra la violencia de género del Consejo General del Poder Judicial, Ángeles Carmona, ha defendido la eliminación del piropo a las mujeres. Considera que es denigratorio hacia la mujer y que supone una violación de su intimidad. Desde luego habíamos oído propuestas estrambóticas pero nunca hasta este extremo.
Carmona llegó al punto de explicar que en El Cairo las mujeres van con tapones o auriculares en las orejas para no oír los piropos, como si España pudiese compararse con Egipto en materia de igualdad de derechos entre el hombre y la mujer.
Es la primera vez que se tiene noticia de que un piropo sea algo pernicioso. Seguramente muchas mujeres no estarían de acuerdo con tal afirmación. ¿Realmente alguien puede creer que el grave problema de la violencia de género mejorará porque dejen de soltarse piropos? Cuesta creerlo.
Si el Observatorio para la violencia de género que preside Carmona se dedicase a hacer propuestas racionales, en lugar de planteamientos ridículos, quizás podríamos pensar que tal organismo público sirve de algo. Pero oír excentricidades de este calibre no resulta admisible. Si Carmona reconoce que el piropo resulta halagador para la mujer que lo recibe, no se entiende que se diga que debe erradicarse porque supone una intromisión en la intimidad. ¿Qué intimidad? Dar los buenos días, por esta regla de tres, también supondría una vulneración de la intimidad.
Es absolutamente ridículo que un organismo del Poder Judicial dedicado a combatir la violencia de género se dedique a banalidades como esta.





