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Imagen del centro de Palma el primer día tras decretarse el estado de alarma
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Imagen del centro de Palma el primer día tras decretarse el estado de alarma

Dos años del primer estado de alarma: "El miedo podía cortarse con un cuchillo"

lunes 14 de marzo de 2022, 06:00h

"Salí a la calle porque necesitaba reponer las existencias de la nevera. Una multitud se agolpaba ante el supermercado. Me puse a la cola, una cola enorme que daba la vuelta a la manzana, y que cubría todavía más extensión porque debíamos situarnos a varios metros de distancia unos de otros. El silencio era sepulcral. Nadie hablaba. Ni siquiera nos mirábamos, y la sensación de miedo podía cortarse con un cuchillo". Así recuerda Natalia P., una vecina de Palma, de 45 años de edad, el 14 de marzo de 2020, el día en el que entró en vigor, en España, el primer decreto de Estado de alarma, anunciado, la jornada anterior, en un discurso televisado, por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Dos años del primer estado de alarma: 'El miedo podía cortarse con un cuchillo'
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Este lunes 14 de marzo de 2022 se cumplen dos años desde que un 'nuevo orden' social, repleto de prohibiciones, restricciones y limitaciones, se instauró en nuestras vidas.

A partir de la medianoche de esa fecha, el 14 de marzo de 2020, que quedará para siempre grabada a fuego en la memoria colectiva de los ciudadanos, las personas tuvimos que aprender a quedarnos en casa salvo por motivos justificados (acudir a la compra era uno de ellos. Otros, desempeñar un actividad esencial o pasear al perro); perder de vista el entorno laboral para adaptarnos, a marchas forzadas, a los rigores domésticos del teletrabajo; contemplar avenidas y hasta carreteras y autopistas enteras completamente vacías de tráfico y de viandantes; observar desde la ventana la labor de los dispositivos de vigilancia policial, responsables de que nadie se saltara las severas normas del confinamiento; buscar afanosamente un comercio o una tienda que, por sus peculiares características, se hubiera librado de la obligatoriedad del cierre (una peluquería, por ejemplo); y, por supuesto, a las ocho en punto de la tarde, salir a la terraza para aplaudir a los profesionales sanitarios, en un emocionado y sincero homenaje de agradecimiento a la ardua y exigente tarea a la que ha tenido que hacer frente este colectivo desde que la maldita pandemia hizo acto de aparición.

EXPECTATIVAS TRAS LA SEXTA OLA

El escenario ha cambiado sustancialmente desde entonces. A pesar de que la Covid 19 no ha desaparecido, y no parece haber visos de que lo haga en breve plazo de tiempo, la inflexión de la sexta ola ha permitido, al menos en los territorios de nuestro entorno, el decrecimiento en la incidencia de contagios y la progresiva eliminación de las restricciones.

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Incluso la obligatoriedad de la mascarilla, santo y seña de la alarma sanitaria a partir de los primeros meses de declaración del estado de alarma (al principio, no obstante, se incidió mucho más en la necesidad de llevar guantes, agotar las reservas de líquido hidroalcohólico y proteger los zapatos con fundas de plástico), podría tener los días contados, si hay que confiar en el vaticinio que, a este respecto, efectuó muy recientemente el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

ITINERARIO DE UNA DRAMÁTICA CRISIS SANITARIA

Sin embargo, para llegar al actual punto de relativa normalización de la vida ciudadana y social ha sido necesario recorrer un largo y doloroso camino que ha comprendido nada menos que seis olas (hasta el momento, porque la comunidad científica augura que habrá más); una infinita escalada de variantes (alfa, delta, ómicron, con sus correspondientes submodalidades); sucesivas prórrogas de los estados de alarma aprobadas en el Congreso de los Diputados, hasta desembocar en la declaración que abarcó el extenso periodo comprendido entre el 9 de noviembre de 2020 y el 9 de mayo de 2021, que fue, posteriormente, calificada como ilegal por parte del Tribunal Constitucional; la imposición de toques de queda que obligaban a la población a no permanecer en la calle a partir de un determinado momento del día (el horario, siempre nocturno, fue cambiando en función de la gravedad y la incidencia de las olas pandémicas); el cierre de bares, restaurantes y locales de ocio nocturno, que asestó una sangrienta puñalada en pleno corazón a uno de los sectores económicos más pujantes y dinámicos de la economía; las prohibiciones de ocupación de terrazas al aire libre; las limitaciones de aforo, tanto en negocios de restauración como en otros establecimientos, sin olvidar los espectáculos culturales y las competiciones o exhibiciones deportivas; y, desde luego, la imposición del uso de la mascarilla incluso en la vía pública, una medida 'guadiana' que, como algunas otras, han ido apareciendo y desapareciendo en función de la evolución epidemiológica y de la necesidad de las administraciones de justificar su actuación como garantes de la preservación de la salud pública en un escenario de emergencia sanitaria.

"TODO NUESTRO ESCENARIO DE APARENTE BIENESTAR SE VINO ABAJO"

Toda esta concatenación de datos y circunstancias han ejercido un peso opresivo y lacerante en el equilibrio psicológico y emocional de millones de personas en todo el mundo. Es el caso de Natalia P, una vecina de Palma, de 45 años de edad (tenía 43 ese infausto 14 de marzo de 2020, cuando se declaró el primer estado de alarma), y madre de dos niños que tienen, actualmente, 13 y 9 años.

Natalia ha afrontado, como ella misma no duda en reconocer, la "peor experiencia" de su vida: "No estaba preparada para esto. Creo que pocos lo estábamos. Mis padres me decían que me tranquilizara, que al final saldría el sol y todo volvería a la normalidad. Ellos, hasta cierto punto, estaban curados de espanto. Habían vivido los rigores de la posguerra, habían pasado hambre y penalidades. Yo, no. Ni tampoco la mayor parte de mi generación. En cierta manera, hemos crecido y vivido entre algodones, sin prohibiciones, con libertad, sin grandes amenazas que pusieran en peligro nuestra supervivencia. Hasta que llegó la pandemia y ese escenario de aparente bienestar, en el fondo tremendamente frágil, se vino abajo".

Nuestro testimonio recuerda con especial dolor el primer día del estado de alarma: "La jornada anterior, el presidente del Gobierno lo había anunciado por televisión. No me lo podía creer. ¿De verdad íbamos a tener que quedarnos en casa, confinados? ¿Y hasta cuándo?" Esa era, de hecho, en esa dramática tesitura, una de las preguntas del millón. Inicialmente, la vigencia del confinamiento abarcaba un periodo de quince días, pero ya entonces casi todo el mundo barruntaba que el encierro doméstico duraría mucho más tiempo, como así fue.

LA PREOCUPACIÓN POR EL ABASTECIMIENTO

Para Natalia, inicialmente, la principal preocupación era el abastecimiento: "Circulaban noticias de que las tiendas se estaban quedando sin existencias, que los clientes habían acudido en tropel, los días anteriores al estado de alarma, y habían hecho acopio de montones de productos de primera necesidad, como alimentos o agua. Sin embargo, en cuanto acudí al supermercado, esa primera jornada de confinamiento, me tranquilicé, al menos relativamente. Es cierto que escaseaban algunos artículos, como el papel higiénico, por ejemplo, pero, en general, se podía llenar el carrito con normalidad. Eso sí, el silencio era sepulcral. Nadie hablaba. Ni siquiera nos mirábamos directamente a los ojos. Los cajeros, y cajeras, ponían cara de circunstancias. Imagino lo mal que lo debían estar pasando, ahí, ante sus cajas registradoras, en plena primera línea de la pandemia".

En su opinión, "nunca agradecemos suficientemente el sacrificio del personal sanitario, y tanto mis hijos como yo éramos los primeros que salíamos a aplaudirles, a rabiar, a las ocho de cada tarde, mientras sonaba 'Resistiré', la canción del Dúo Dinámico que tan popular se hizo en esos días. Sin embargo, creo que olvidamos que los médicos y las enfermeras no fueron los únicos que arriesgaron sus vidas en esos días aciagos. También lo hicieron, como decía antes, el personal de los supermercados, los taxistas, los conductores de bus, los transportistas, los mensajeros... La lista sería interminable, y para todos ellos, y ellas, y para los sanitarios, por supuesto, debe ser nuestro homenaje y nuestra gratitud".

LAS VACUNAS ENTRAN EN ESCENA

Si el 14 de marzo de 2020 pasará inevitablemente a nuestra historia negra colectiva, hay otra fecha, en este proceso de emergencia sanitaria, que igualmente merece ser recordada: el 27 de diciembre, también de 2020. Ese día, empezaron a administrarse, en España y en el resto de territorios de la Unión Europea, las vacunas fabricadas en un tiempo récord por la comunidad científica, y comercializadas por la industria farmacéutica, para proteger a la población de la pandemia.

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La entrada en escena de las vacunas marcó un punto de inflexión en un contexto de desolación y desesperanza que no solo estaba poniendo en jaque a la salud pública, sino que amenazaba seriamente la sostenibilidad de un sistema económico que perdía fuelle a cada día que pasaba mientras miles de comercios y negocios bajaban la barrera e incontables puestos de trabajo desaparecían sin el menor atisbo de poder ser recuperados, al menos a corto o medio plazo.

Si 2020 había sido el año de la pandemia, 2021 debía ser el de la vacuna. Y así fue, en efecto, pero, posiblemente, las entusiastas expectativas que, en un inicio, habían incitado a suponer que, con la irrupción de los sueros de Pfizer, Moderna, AstraZeneca y, posteriormente, Janssen, el problema desaparecería de forma fulminante, dieron paso a una sensación de relativa decepción.

MENOS PRESIÓN ASISTENCIAL, PERO MUCHOS CONTAGIOS

Ciertamente, una vez resueltas las dificultades logísticas iniciales, la campañas de vacunación estaba desarrollándose a buen ritmo en la mayor parte de territorios, y en la mayoría de grupos poblacionales y etarios, pero este paso adelante no estaba redundando en la completa normalización de la situación epidemiológica. Las diferentes olas pandémicas, con sus correspondientes cepas, cada una más contagiosa que la anterior, seguían sucediéndose una tras otra, con apenas breves intervalos de descenso en la incidencia, y, si hay que ser sinceros y objetivos, las vacunas no estaban poniendo fin a esta dinámica.

En cambio, los datos demostraban, fehacientemente, que, si bien la progresión de los casos de Covid no se había frenado, la vacuna estaba paliando las cifras de presión asistencial en centros de salud y hospitales, además de aminorar los datos sobre mortalidad. Aún así, en determinados momentos de las olas posteriores a la administración de las vacunas, se han producido situaciones de congestión en los equipamientos sanitarios, e incluso en el punto más sensible de las organizaciones hospitalarias, como son las UCI.

PASAPORTE COVID

Estos y otros argumentos han sido utilizados a lo largo de la crisis para cuestionar, por parte de determinados sectores, algunas de las medidas relacionadas con la vacunación, y en especial la obligatoriedad de presentar el certificado digital a la hora de acceder a determinados espacios públicos, como bares, restaurantes, discotecas o cines, o también para viajar.

El denominado 'pasaporte Covid' respondió a una iniciativa de la Comisión Europea, implantada en todos los Estados miembro, destinada a acreditar la situación epidemiológica del portador, especialmente en un aspecto tan crucial como las tomas de vacuna administradas a ese perceptor. A partir de aquí, en un intento por estimular los datos de vacunación y avanzar hacia niveles de cobertura más elevados, las administraciones adoptaron la decisión de exigir la tenencia del pasaporte (y, por tanto, en la práctica, la obligatoriedad de haber sido vacunado, si bien existen otros supuestos también recogidos en el documento) en situaciones concretas, como las mencionadas anteriormente.

MOVIMIENTO NEGACIONISTA

Esta imposición dio fuerza al fenómeno del negacionismo, un movimiento que dista de ser homogéneo y que engloba puntos de vista que no siempre son coincidentes. Para algunos 'negacionistas', el principal motivo de su oposición es la sensación de que se está instaurando, en la práctica, la obligación de la vacunación, cuando las leyes vigentes impiden que se establezca una medida de estas características.

Otros van mucho más allá, y ponen en duda la eficacia de las vacunas. Finalmente, no faltan quienes incluso se refieren a la pandemia como un 'invento' de ciertos poderes fácticos que busca establecer un nuevo régimen político basado en la progresiva privación de las libertades. A pesar de que la comunidad científica ha defendido sin demasiadas fisuras la efectividad de las vacunas, no deja de ser cierto que el movimiento negacionista no ha cesado de proclamar sus mensajes y de sembrar la incertidumbre en una población que se debate entre el hartazgo por la duración de la crisis sanitaria y la imperiosa urgencia de hallar atisbos de esperanza en un negro túnel que todos comenzamos a recorrer hace ahora dos años.

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