Vivimos un momento histórico donde todo parece estar en movimiento. Cambios en lo político, en lo económico, en lo climático, en lo tecnológico... y también —aunque se hable menos— en lo humano. Se respira una sensación colectiva de fin de ciclo. Como si el mundo tal como lo conocíamos estuviera girando hacia otra dirección, empujándonos a todos a replantear nuestras certezas.
Mallorca no es ajena a este fenómeno. Basta pasear por cualquier pueblo de la isla o charlar con personas de diferentes generaciones para notar esa mezcla de incertidumbre, cansancio y esperanza. Cambian los modelos de trabajo, cambian las relaciones personales, cambian las formas de habitar y de consumir. Incluso cambian las conversaciones: ya no se habla solo de éxito o fracaso, sino de sentido, propósito, bienestar integral.
Este verano, especialmente, se percibe como un punto de inflexión. Más allá de las temperaturas récord o del debate sobre el turismo, hay una corriente más profunda que recorre la sociedad: una necesidad de reconexión. Reconexión con lo que importa, con lo esencial. Volver a lo humano, a lo natural, a lo que nos une.
Puede que estemos ante uno de esos momentos en que la historia se redibuja no tanto desde los grandes titulares, sino desde los pequeños actos cotidianos de muchas personas que, desde sus lugares, empiezan a elegir distinto: consumir menos, moverse con más conciencia, cuidar más a los suyos, hacer espacio para el silencio, preguntarse quiénes son y qué quieren realmente.
Estos cambios no siempre son visibles a simple vista, pero se sienten. Se notan en la incomodidad ante lo viejo que ya no encaja. En la sensación de estar viviendo un tiempo que aún no tiene nombre, pero que exige coraje y responsabilidad.
En ese contexto, se hace evidente que el cambio no puede ser solo externo. No basta con transformar sistemas si seguimos desconectados de nosotros mismos. No basta con exigirle al otro si no nos revisamos primero. Es tiempo de cambios, sí. Pero cambios reales, profundos, que empiecen dentro.
Quizá por eso la palabra “paz” resuena tanto últimamente. Porque más allá del ruido político, del exceso de estímulos o del miedo al futuro, lo que muchas personas buscan —aunque no lo digan en voz alta— es algo tan simple y tan difícil como estar en paz consigo mismas y con los demás.
Y esa paz, lejos de ser una utopía, empieza por dejar de juzgar tanto, dejar de competir tanto, dejar de odiar tanto. En una isla como la nuestra, donde convivimos culturas, sensibilidades y maneras muy distintas de vivir, aprender a mirarnos con más compasión es también una forma de avanzar.
No podemos cambiar el mundo entero de golpe. Pero sí podemos cuidar cómo nos relacionamos con quienes tenemos cerca. Podemos elegir qué alimentamos: si el conflicto o la cooperación, si el miedo o la confianza, si el ego o la conciencia.
Este tiempo de cambios es también una invitación a crecer como sociedad. A preguntarnos no solo qué necesitamos, sino en qué tipo de comunidad queremos vivir. Y sobre todo, quiénes queremos ser dentro de esa comunidad.
Porque al final, los grandes cambios no empiezan en las leyes ni en los mercados, sino en las personas. En ti. En mí. En cada uno de nosotros.