Un artículo de Unamuno que me marcó

El 19 de mayo de 1936, Miguel de Unamuno publicó en el diario Ahora un artículo titulado 'Mañana será otro día', en el que en cierta forma anunciaba lo que podía llegar a pasar en nuestro país si la grave situación política que se vivía en aquel momento continuaba degradándose aún un poco más.

El periódico Ahora —de ideología centrista— fue uno de los pocos medios realmente moderados que hubo durante la Segunda República. Entre sus insignes colaboradores cabe citar, además de a Unamuno, a autores de la talla de Pío Baroja, Salvador de Madariaga o Ramón Gómez de la Serna.

Uno de los directores del Ahora sería el gran periodista y escritor Manuel Chaves Nogales, considerado hoy muy merecidamente una figura capital en el marco de la denominada Tercera España, conformada por los defensores de la democracia liberal frente a los partidarios de extremismos de uno u otro signo.

Esa España de liberales como Chaves Nogales o de socialistas como Julián Besteiro, la hice yo también mía desde muy joven, una identificación que se acrecentó aún un poco más cuando leí por vez primera 'Mañana será otro día'. Fue a principios de los ochenta, en un libro recopilatorio de textos de Unamuno que se titulaba Inquietudes y meditaciones, de la 'Colección Austral' de la Editorial Espasa-Calpe. Yo tenía entonces veinte años recién cumplidos.

Por razones sobre todo de carácter familiar, me había visto obligado a dejar mis estudios, pero ese periodo de mi vida fue, paradójicamente, el periodo en el que más libros leí, en especial de José Ortega y Gasset y de Miguel de Unamuno —representantes también de la Tercera España—, a quienes consideraba entonces y sigo considerando todavía hoy mis dos grandes maestros y ejemplos en el ámbito de la reflexión y del ensayo. Ambos serían también mis dos máximos referentes cuando en los años noventa pude cursar el grado de Filosofía en la UIB.

Aún conservo en casa todos los libros de Ortega y de Unamuno que compré hace ya cuarenta años, unos textos que, además, suelo releer con cierta frecuencia, aunque a menudo sea ya fragmentariamente, casi siempre por falta de tiempo. Entre esos textos, quizás el que he releído más veces del también autor de Del sentimiento trágico de la vida sea, seguramente, 'Mañana será otro día'.

«Se pone la tarde. Me llega del Poniente una campanada eclesiástica, fundida con el lejano ladrido de un perro. ¡Cuánto han ladrado los perros a las campanas! Pienso en que voy a pensar y en qué voy a pensar. Pensar en paz, pero no en la paz. El cielo está en el horizonte ponentino recocido». Así empezaba ese premonitorio y sobrecogedor artículo de Unamuno.

«¿Pensar en la paz? ¿Y cómo con el eco y el resón de las lecturas de los diarios de la mañana, del triste desayuno informativo?», se preguntaba a continuación, para añadir que se trataba de «noticias crudas, no filtradas, reducidas a titulares casi», con los «nombres y señas y número de los muertos y de los matadores», en referencia al pistolerismo cotidiano que se vivía en aquella España de principios de 1936.

«Y con todo eso de la abrumadora información escrita y gráfica, el recuerdo de las miradas agresivas de aquellos mozalbetes con los que uno se cruzó en la calle al ir a recogerse a casa. ¡La calle! ¡Tener que vivir en ella! Porque no a todos les es dado, como a nuestro Juan Ramón, embozarse en soledad sonora o buscar la humanizadora sociedad de inocentes animalitos irracionales, que, por serlo, no pueden enloquecer», proseguía el pensador, lingüista y poeta vasco.

En ese magistral artículo había también, pese a su pesimismo, varios pasajes llenos de lirismo y de serenidad, como cuando Unamuno nos hablaba del reposo que solía procurarle el descanso nocturno.

«Mientras dura el sueño, ¡qué palabras eternas nos dicta el silencio al oído del corazón! Son ellos, el sueño y el silencio, los que nos remozan a los viejos. ¿Remozar? Nos bautizan —o, mejor, nos rebautizan— en el mar sagrado de la inconciente vida prenatal. El antes del comienzo nos revela el después del acabamiento. Y el alma se nos hincha de lenguaje divino», poetizaba con gran belleza.

Pero, por desgracia, ese sueño reparador y sereno de Unamuno no parecía que fuese o pudiera ser compartido por otros destacados y relevantes compatriotas en aquel mes de mayo de 1936.

De ahí provenía, muy posiblemente, la desasosegante conclusión del citado artículo: «¿Que mañana será otro día? Mañana será el mismo día, el día del siglo. Y no faltará quien diga que todo esto lo traen los enemigos del régimen. Que es lo que se les ocurre a los mandones que piensan que hay ocasiones en que deben estar ciegos y sordos durante cuarenta y ocho horas. ¡Pobres hombres, que no saben conciliar un sueño de paz! ¡Y pobre pueblo!».

Apenas dos meses después, aquel trágico vaticinio se haría finalmente realidad con el golpe de Estado del 18 de julio y con el inicio de la Guerra Civil que casi de inmediato siguió a ese fallido levantamiento.

Una de sus primeras víctimas civiles sería, precisamente, Miguel de Unamuno, que si bien en un primer momento se adhirió a la sublevación militar, apenas unas pocas semanas después se desmarcó de modo inequívoco de la misma. Este hecho provocaría, como era de esperar, que fuera repudiado por igual por los dos bandos en litigio. Y así murió, en su casa, el 31 de diciembre de 1936, rechazado —o «cancelado»— por aquellas dos Españas enfrentadas entonces a sangre y fuego.

De todos los textos de Unamuno que he leído a lo largo de mi vida, 'Mañana será otro día' seguramente sea el que me ha marcado más profundamente, sobre todo por su desgarrador final. Aquel «¡Pobres hombres, que no saben conciliar un sueño de paz! ¡Y pobre pueblo!», ha vuelto una y otra vez a mi mente, a veces con lágrimas en los ojos.

Ese dolor y esa pena han acabado provocando con el tiempo un efecto catártico sobre mí, una liberación o purificación que hoy me sirve para reafirmar más que nunca mi adscripción a la Tercera España, a esa España que siempre ha creído en la concordia y en la convivencia civil entre españoles, por muy dispares que puedan ser nuestras ideas.

Esa era la España en la que creían Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Manuel Chaves Nogales, Julián Besteiro y tantos otros. Esa era la España que se forjó de nuevo cuatro décadas después en la Transición, la de quienes al mirar hacia atrás, hacia los años treinta del pasado siglo, repetíamos y repetimos hoy de manera siempre tranquila y silenciosa, pero a la vez determinada: «Nunca más. Nunca más».

 

 

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