El tecnocesarismo

Después de la lectura de La palabra que vence a la muerte, de Rob Riemen, uno tiende a pensar que, efectivamente, el mundo está roto y se dirige al abismo. No hay que esforzarse demasiado para advertir que las cosas, incluso los peligros para una vida humana digna, están siguiendo un rumbo desquiciado. Tan es así que hemos echado en saco roto la profética advertencia de Georges Bernanos (Francia contra los robots) ante los peligros de la tecnología y así nos ha ido. Los seres humanos nos hemos ido deshumanizando hasta el punto de que “nos hemos convertido en una herramienta del ‘smartphone’: nos usa a nosotros, y no al revés” (Byung-Chul Han).

Esta sencilla presentación viene a cuento del fenómeno actual, que analiza Giuliano da Empoli, en su libro recién publicado, La hora de los depredadores: el tecnocesarismo. Nada menos que “la fusión de la aceleración tecnológica sin límites y la reacción populista” (Musk-Trump), es decir, “una nueva teoría de la felicidad basada en el uso sin límites del poder y la adhesión de las masas a un nuevo Leviatán: la máquina algorítmica gobernada por la inteligencia artificial” (Daniel Arjona, La Lectura, n. 171, 2025, 8-10). 

La primera pregunta que nos asalta, como sugiere Daniel Arjona, es si esta nueva teoría de la felicidad, desarrollada entre el Kremlin y Silicon Valley, es o será el rostro del poder del s. XXI o solo una especie de contratiempo que nos ha tocado vivir. Da Empoli responde así: “Se trata de un fenómeno estructural, un gran impulso para un cambio de régimen”. La novedad puede residir en que dos fenómenos diferentes: el populismo nacionalista como Trump  (una visión antigua del poder y de su ejercicio) y el espacio digital, los  dueños de la tecnología (una visión posmoderna) se dan cita y apoyan el proyecto. ¿Cómo, siendo tan diferentes, pueden convertirse en aliados y colaborar?

La explicación ya nos la ha dado la historia. Las revoluciones han sido   impulsadas de hecho por quienes “no necesitan  estar  de acuerdo en el objetivo final. Solo necesitan coincidir en que su momento ha llegado y en quieren acabar con el sistema actual” (Da Empoli). En efecto, en palabras del catedrático de sociología de Milán, “ambos grupos tienen una convergencia natural: quieren acabar con las viejas élites y no someterse a ninguna regla que los limite. Son insurgentes que buscan ‘ir rápido y romper cosas’ como rezaba el primer lema de Facebook. Ahora es más obvio que antes, como vemos con Elon Musk participando en reuniones de extrema derecha. Lo que tienen en común es su odio al sistema, a la democracia liberal y sus límites, a las élites políticas, a los medios tradicionales y a las viejas formas de autoridad”.

De entrada, tal propuesta parece chirriar bastante. A uno se le hace muy cuesta arriba otorgar la aprobación a un régimen social y político en el que el poder no tenga límites. La historia nos alerta de los peligros ciertos que se  esconden bajo tan excitante futuro. Lejos de ver una invitación progresista estaríamos dando un paso al pasado, a la aceptación de la tiranía en sus más diversas manifestaciones. El ser humano ha sufrido   toda clase de calamidades, a lo largo de la historia, precisamente, en su lucha para someter y controlar el poder  de turno, para evitar que el gobierno de los pueblos, incluso en su forma democrática, no se ejerciese de modo arbitrario. ¿Qué hacer ante una propuesta que parece conllevar semejante toxicidad? ¿Acaso  el ‘tecnocesarismo’ no nos ofrece seguir siendo un producto del ‘smartphone’, que, con nuestro apoyo, se usará contra nosotros?

A mi entender, solo surgen preguntas y dudas sin respuesta segura y cierta. ¿Cómo el ser humano, que viene acreditando su debilidad y fragilidad frente a valores esenciales en su día consensuados, puede garantizar un grado suficiente de resistencia a los riesgos que se avecinan? ¿Acaso el ser humano no ha dejado de ser creyente sobre el orden imaginado (Cfr. Harari, Sapiens, págs. 121 y ss.) por los propios humanos  (derechos humanos)? ¿Qué está ocurriendo con el proclamado derecho a la vida? ¿Cómo esperar, sobre la base de un orden sin límites ni valores que lo moderen, la felicidad humana? ¿Dónde quedará la libertad del ser humano si éste está sometido a un control acelerado y omnicomprensivo (algoritmo), incluso en los aspectos más personales e íntimos? ¿Quién puede asegurarnos que estamos a tiempo para controlar el proceso ya iniciado? ¿Quién protegerá al ser humano en el inmediato futuro, tanto en sus aspectos públicos como en la vida cotidiana?

En todo caso, y dado que, hoy por hoy, no se atisban al respecto certezas, creo que estamos llamados a cuestionar  seriamente ciertos aspectos del tecnocesarismo. Estamos llamados a no ser indiferentes, a no dejarnos anestesiar, y a no mirar para otro lado sobre las consecuencias reales. Está en juego, no lo duden, si en el futuro, que ya va  siendo presente, ‘seremos los amos de las máquinas o sus siervos’.

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