La polémica abierta en torno a la falta de plazas de aparcamiento tras la reforma integral del Paseo Marítimo de Palma cuestiona la relación entre transformación urbana, realidad económica y calidad de vida en una zona estratégica de la ciudad.
La Autoridad Portuaria de Baleares (APB) ha zanjado la aspiración de empresarios y vecinos al descartar de forma tajante la construcción de un parking soterrado que compense la pérdida de plazas derivada de la remodelación. Una decisión que, más allá de matices técnicos, muestra un desfase entre el proyecto ejecutado y las necesidades reales de la ciudadanía y del tejido productivo que vive de ese entorno.
No hay que negarle nada al nuevo Paseo: el espacio público creado es valioso, atractivo y responde a un modelo urbano orientado a peatones, ciclistas y espacios verdes. Pero ese valor urbanístico ha tenido un coste tangible e inmediato: la desaparición de más de 1.200 plazas de aparcamiento en una zona que ya sufría presión de demanda antes de las obras. La consecuencia ha sido un golpe directo a la actividad comercial, hostelera y de ocio, con empresarios denunciando caídas de facturación de hasta el 80 % por la escasez de aparcamiento accesible.
Cuando una reforma cambia radicalmente la movilidad y el uso del espacio público, las soluciones deben llegar al mismo tiempo y no a medio o largo plazo
La APB argumenta que no es su misión “hacer parkings” y actuaciones que puedan contribuir a paliar la problemática actual, como el aparcamiento subterráneo proyectado en el Real Club Náutico de Palma, tardarán años en materializarse. Y es que cuando una reforma cambia radicalmente la movilidad y el uso del espacio público, las soluciones deben llegar al mismo tiempo y no a medio o largo plazo. Aplazar alternativas reales implica hipotecar negocios y frustrar expectativas de residentes.
Si el aparcamiento soterrado —por coste o viabilidad técnica— no es posible, hay que activar soluciones imaginativas y urgentes. La ciudad no puede permitirse que el atractivo de su Paseo Marítimo se convierta en un obstáculo para los que trabajan y viven allí. El desafío es gestionar la transición entre un modelo del coche y otro post-automóvil sin dejar víctimas arruinadas en el camino.




