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Una coyuntura constitucional

martes 09 de abril de 2019, 01:00h

La Constitución vigente ha superado los cuarenta años sin provocar síntomas de agotamiento ni reacción popular alguna contra su continuidad. Por primera vez en nuestra historia contemporánea no existen movimientos de fondo contra el régimen constitucional promulgado con asentimiento de todas las tendencias políticas en 1978. Los distintos partidos activos en la vida pública y sensibles al cambio social mantienen hipótesis de reforma parcial como una señal de dinamismo abierto a su perfeccionamiento pero sin urgencias y cuidadosos de no atemorizar a los electores con problemas de inestabilidad institucional. Se diría que España ha encontrado un camino de normalidad tantas veces alterado en el pasado. Pero esta paz institucional no es del gusto de quienes proponen el cambio de modelo de Estado para mantener su apoyo a las aspiraciones de prórroga de Pedro Sánchez. El fantasma del Estado Confederal de límites internos cosidos con alfileres es el tema a plantear por las minorías en que necesitaría apoyarse Sánchez una vez celebradas las elecciones. Agrandar las grietas en el sistema es el objetivo tanto por los sectores separatistas como por el inefable Pablo Iglesias que se proclama dispuesto a reclamar el Ministerio del Interior una vez que unos y otros tuviesen preso a Sánchez en la trampa cargada con el cebo de su ambición mezquina.

La clave de la estabilidad que ha promovido un ciclo de paz y prosperidad sin precedentes ha sido posible porque España ha estado gestionada alternativamente por dos tendencias respetuosas con la unidad esencial del Estado: el socialismo socialdemócrata o el centro-derecha liberal. Es ahora, a partir de una moción de censura que necesitó para prosperar de todos los votos parlamentarios coincidentes en la apreciación de factores negativos afectantes a un Gobierno determinado, cuando se produjo la tentación que encandiló a Pedro Sánchez como cabeza de dicha moción, de prolongar las consecuencias de su resultado de tal forma que fuese el punto de partida de un pacto con todos los socios que habían apoyado en su día la moción pero que mantenían posiciones contrarias a la vigencia del texto constitucional. Ha prescindido de los principios esenciales del pacto constitucional desvirtuando el sentimiento español del Partido Socialista proyectando un acuerdo ajeno a la alternancia entre izquierda y derecha nacionales en la que participan todos los enemigos del sistema constitucional a cambio de insinuaciones que les permitan avanzar, con mayor o menor velocidad, en un proceso de demolición del núcleo central del Estado. Esto no es contradictorio con las afirmaciones de Sánchez -Excusatio non petita, accusatio manifesta- de que si gobierna no habrá independencia de Cataluña ni referéndum de autodeterminación. Se puede cumplir dicha promesa durante cuatro años dejando avanzar los preparativos para que esas metas sean alcanzables a medio plazo.

Esta estrategia de puro presentismo y desintegración a paso lento late debajo de tantas concesiones irresponsables y negligentes que se habían ido produciendo por parte de unos y otros a lo largo de los años mientras los riesgos para la unidad del Estado parecían lejanos y soportables. Pero todo ha cambiado a partir del intento insurreccional protagonizado por la Generalidad de Cataluña cuando, utilizando los medios económicos y los recursos humanos propios de la representación del Estado en el ámbito de la Autonomía, ensayó una fracasada revuelta independentista fuera de toda legalidad y con desprecio de la soberanía nacional basada en la mayoría popular de todos los españoles y también de la mayoría de los habitantes de Cataluña. Buscar el apoyo de los promotores de aquel golpe, alguno de los cuales están siendo juzgados, con el propósito de hacer posible una mayoría de votos parlamentarios, aunque ello no signifique una mayoría de votos populares o de votos constitucionales, amenaza con el riesgo de conformar un Gobierno debilitado por los condicionamientos de la convivencia con todos los enemigos de España y de su Constitución gangrenando la musculatura del Estado.

Los personajes de nacionalismos rancios, políticamente prehistóricos, en convivencia con los agitadores de un populismo asambleario que disfraza el revanchismo totalitario de un neocomunismo dictatorial son los concurrentes imprescindibles para que un líder de dudosa ortodoxia socialista sueñe con prorrogar su permanencia en la Presidencia a costa de convertir España en una urdimbre de parcelas desiguales y yuxtapuestas por cuyas costuras deshilachadas pueda romperse la tela de la unidad nacional consolidada democráticamente por la Constitución de 1978. La España que no quiere volver atrás y dar saltos en el vacío debe estar alerta. Los ciudadanos deben ser conscientes que en estas elecciones no se juega una competencia entre partidos sino una coyuntura en que se decidirá la dirección de la historia constitucional de España. Es una coyuntura entre dos ramales de una vía en que hay que elegir la que mantiene la dirección hacia el futuro o la que desvía la marcha hacia una vía muerta de una longitud más o menos larga pero sin salida normal. Es muy difícil pedir en el calor de unas elecciones que los electores voten pensando en cálculos de escaños y no en sentimientos. Pero a estas alturas parece imprescindible que alguien sea capaz de convencer a la opinión pública de la trascendencia constitucional de estas elecciones y haga que el pueblo español actual refleje el buen sentido del pueblo español de la Transición.

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