Categorías: OPINIÓN

Una luz en la noche

Cuando paseamos de noche o de madrugada por nuestra ciudad o por cualquier otra ciudad —siempre que el toque de queda lo permita—, casi siempre suele llamar nuestra atención el hecho de ver luces encendidas en las ventanas de distintos edificios o de algunos bloques de viviendas. Lo mismo ocurre cuando viajamos de noche en un tren o a bordo de un vehículo y divisamos una luz en el porche de una pequeña finca solitaria ubicada tal vez en medio de la montaña o de una gran llanura.

Gracias a esas luces, tenemos la certeza de que justo entonces hay una o más personas en esos espacios concretos, algo que nunca es posible saber con seguridad cuando contemplamos esos mismos espacios a plena luz del día. El siguiente paso al que posiblemente nos lleva luego nuestra curiosidad suele ser el de imaginarnos quién o quiénes pueden estar viviendo en esos edificios o en esas fincas rurales, así como también cómo deben de ser a lo mejor sus vidas, sobre todo en el caso de las casas que se encuentran aisladas por completo o muy separadas de las que se hallan más próximas.

A veces, desearíamos que el tren o el vehículo en el que viajamos se detuvieran un instante, para poder acercarnos hasta esa finca que tan misteriosa se nos aparece e intentar descubrir si efectivamente guarda en su interior algún recóndito o fascinante secreto. «Buenas noches, perdonen que les moleste, es que, no sé muy bien por qué, su casa me llamó la atención y por ello me gustaría saber, si fuera posible, un poco de sus vidas, aunque sólo fuera un poco de ellas». Ese podría ser quizás un buen modo de presentarnos ante los habitantes de esa posible finca remota.

El problema radicaría en que, seguramente, la persona que nos abriera la puerta muy posiblemente no pensaría lo mismo que nosotros, e incluso es posible que dudase muy seriamente acerca de nuestras nobles intenciones de conocimiento o sobre la posible idoneidad de nuestro estado físico o psíquico en ese momento. Por esa razón y también para evitar posibles incomodidades a aquella persona, es cierto que no solemos comportarnos nunca de esa peculiar y temeraria manera. Así que, por regla general, en esos casos casi siempre solemos quedarnos con la duda de lo que podría haber pasado si finalmente hubiéramos decidido presentarnos a esos desconocidos.

Aun así, mientras seguimos disfrutando del paisaje, de las fragancias nocturnas o del canto de los grillos, nos alegramos de haber podido descubrir una luz en mitad de la noche y también de haber podido vislumbrar que quizás no estamos tan solos como tal vez a veces pensamos, creemos o sentimos.

Josep Maria Aguiló

Nacido en Palma en 1963. Licenciado en Filosofía por la UIB. Periodista y escritor. Mi último libro publicado es 'El retorno de los duendes'. Además de redactor en mallorca diario.com, colaboro también en Última Hora y El Debate.

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