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Vacunolatría

Por Gabriel Le Senne
jueves 16 de septiembre de 2021, 05:00h

Bueno, pues ya tenemos una división más en la sociedad, de esas que gustan tanto a algunes. El marxismo original se basaba en fomentar la lucha entre clases; su actual evolución fomenta la lucha entre clases, sexos, razas, naciones -reales o imaginarias-, orientaciones sexuales, especies, historiadores, y ahora añade vacunólatras contra antivacunas.

Aquí ya saben que aplicando la razón iluminada por la fe buscamos la verdad de las cosas, sin pararnos por tabúes ni autocensuras, y sin dejarnos llevar por odios ni extremismos. Acudiendo a fuentes ‘oficiosas’, ante las evidentes carencias de los ‘medios sistémicos’, pero intentando separar el trigo de la paja, porque abunda en todas partes la desinformación.

Comentaba con un amigo del sector de las nuevas tecnologías cómo hoy nos movemos en una auténtica guerra informativa: en las redes sociales, a las que nos vemos abocados a consecuencia de la brutal manipulación informativa de los medios tradicionales, se nos aplican algoritmos que nos agrupan y conducen a la información que prevén que nos gustará. Esto genera un importante sesgo de confirmación y facilita la radicalización de las posturas. Por eso es importante relativizar y meditar con calma las cosas.

Además se propagan exageraciones o directamente informaciones falsas. En buena parte, yo diría que probablemente hechas intencionadamente. Las bienintencionadas abuelas las comparten, para que luego las muy sistémicas agencias de verificación puedan desmentirlas, de modo que gran parte de la población viva en una confusión permanente, sin ser capaz de distinguir lo verdadero de lo falso.

La prueba del éxito de esta estrategia de manipulación mental es que un amplio estrato de la población haya llegado a aceptar que existen mujeres con pene u hombres embarazados, por ejemplo. Qué maravilla.

Este estado de cosas ha alcanzado su paroxismo con la lucha contra el coronavirus y las medidas apropiadas para ello. Y resulta un campo de batalla esencial, porque en aras de la salud pública se están adoptando medidas muy relevantes que nos afectan a todos. En Estados Unidos se están ordenando vacunaciones obligatorias para cada vez más ciudadanos. En Francia o Italia, se está imponiendo el ‘pasaporte covid’ para todo tipo de actividades cotidianas. En Australia, se está confinando a los positivos en campos de concentración.

Aquí, un servidor, hoy por hoy, no es ni vacunólatra ni antivacunas: ni creo que las vacunas sean la panacea, ni que sean un veneno dirigido al exterminio de la población mundial. Con la información que actualmente podemos tomar como relativamente segura -y pueden creer que le dedico bastante tiempo-, las vacunas protegen -bastante- contra la enfermedad y -algo- contra el contagio, pero conllevan también un riesgo de efectos adversos graves a corto plazo, y además no se conoce si pueden causar alguno a largo plazo, máxime al acumular dosis tras dosis.

Por ello, parece razonable emplearlas, sobre todo cuanta más edad tenga uno o en caso de factores de riesgo (obesidad, diabetes, cardiopatías, inmunodeficiencia, etc.) No parece tan razonable emplearlas en niños y jóvenes (parece que se constata una incidencia de efectos secundarios como miocarditis y pericarditis, sobre todo en varones, que superaría el bajísimo riesgo de hospitalización de este segmento de población); ni en quienes han superado la enfermedad y en consecuencia han adquirido una inmunidad natural.

Si algo hace sospechosa a la vacunolatría es esa insistencia en la obligatoriedad (directa o indirecta) y esa obsesión por vacunar a todo el mundo, incluyendo niños y embarazadas, con un producto que no se conoce bien, y por una enfermedad cuya peligrosidad se exagera.

Y oigan, efectivamente, ha habido vacunas obligatorias y no nos hemos escandalizado tanto. Pero eran vacunas probadas durante más tiempo para enfermedades graves, y no una tecnología genética que es la primera vez que se emplea, para poblaciones de bajísimo riesgo.

Mientras tanto, no acabo de entender cómo ha sido posible desarrollar vacunas en un año, y en cambio en casi dos años no disponemos de un tratamiento, una ‘cura’ para quienes ya hayan contraído la enfermedad, cuya seguridad y eficacia debería resultar mucho más fácil de demostrar, cuando existen muchos candidatos.

En conclusión: vacunas voluntarias y, sobre todo, para la población de riesgo, y al resto déjenlo en paz. Si son tan buenas, den información clara al respecto y que cada cual tome sus decisiones.

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