Una sociedad verdaderamente democrática no permitiría que los cabeza de lista de partidos políticos que no han conseguido agotar una legislatura repitieran en esas listas (no deberían postularse ni como cabeza de lista ni al final de ésta aunque fuese de forma solo testimonial).
El fracaso a la hora de gestionar lo público, tanto desde el gobierno como desde la oposición, en una sociedad verdaderamente democrática, sería asumido como un fracaso personal de tal calibre que causaría vergüenza la simple insinuación de posibilidad de repetición o perpetuación en el cargo. A partir de esta realidad, cualquier modificación normativa que afecte al sistema electoral debiera impedir ser candidato a quien ha demostrado sobradamente que no sirve para ello.
En una sociedad verdaderamente democrática no sucedería lo que va a suceder en Catalunya, donde la bipolaridad que enfrenta a independentistas y “unionistas”, con los mismos personajes que han conducido al fracaso de esta legislatura, va a convertir estas elecciones en otro fracaso más. Ni los unionistas respetaran un triunfo del independentismo, ni conseguirán formar un gobierno estable que agote toda la legislatura. Véase sino el gallinero alborotado en Baleares porque ya se sabe que, a poco más de un año de las elecciones, lo que toca es desmarcarse de los socios de gobierno y emborracharse a sorbitos de escaramuzas con la única finalidad de conseguir arrancar algún voto del hasta ahora “socio por interés”.
Una sociedad verdaderamente democrática, después del ridículo a nivel mundial y del patético espectáculo, los habría echado a todos a la calle con una patada en el culo. Sin embargo, lejos de ese talante, nuestra sociedad verdaderamente antidemocrática es capaz de permanecer horas atenta a los medios de comunicación para escuchar las mismas frases que desde hace meses o años incluso, pronuncian las mismas personas, con la misma única finalidad.
Somos seres abducidos por el absurdo. ¿A quien sino le puede interesar el mismo guión una y otra vez repetido sin fin?. En una sociedad democrática nadie les escucharía porque democracia no es necesariamente sinónimo de estupidez.





