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Walter Cronkite, el periodismo fiable

sábado 09 de marzo de 2019, 03:00h
A la una y media del mediodía del 22 de noviembre de 1963, un periodista de la cadena televisiva CBS lee en directo, ante las cámaras, un teletipo que le acaban de entregar: «Desde Dallas, Texas, una noticia de última ahora, al parecer oficial. El presidente Kennedy ha muerto». El periodista se emociona y queda unos instantes en silencio. Con gran profesionalidad, se recompone enseguida y anuncia que «el vicepresidente Johnson ha abandonado el hospital de Dallas, aunque no sabemos hacia dónde se ha dirigido. Presumiblemente, jurará su nuevo cargo en breve y se convertirá en el 36 presidente de Estados Unidos».

Ese histórico y dramático momento televisivo se acabaría convirtiendo en icónico con los años, al haber sido reproducido en prácticamente todos los reportajes realizados desde entonces y hasta la fecha sobre el magnicidio de Dallas. Su protagonista es el periodista Walter Cronkite (1916-2009), quien era ya muy respetado en aquellas fechas y que hoy es considerado de forma casi unánime uno de los grandes referentes del periodismo norteamericano, por su honestidad y por su rigor. La popularidad del telediario nocturno que Cronkite presentó durante dos décadas, «Evening News», llegó a traspasar incluso las fronteras de su propio país.

En su autobiografía profesional, «Memorias de un reportero», Cronkite explicaba cómo entendía él que debía de ser su labor en el citado telediario. «Mi tarea consistía en hacer todo lo posible por eliminar el menor rastro de opinión del programa. Si la gente se enteraba de qué opinaba sobre una cuestión, o pensaba que podía discernir en mí alguna posición ideológica atribuible a la CBS, habría fracasado en mi misión», resumía. Esa manera de ejercer el periodismo televisivo, que tanto agradecían y valoraban sus espectadores, podemos encontrarla hoy en nuestro país en grandes y veteranos profesionales de distintas cadenas, como Pedro Piqueras, Ana Blanco o Vicente Vallés.

En la citada autobiografía, publicada en 1996, Cronkite alertaba también acerca del paulatino incremento de la superficialidad y la trivialización informativa en los medios norteamericanos, tanto en los noticiarios de televisión como en los principales periódicos. «En la última década las cadenas han introducido recortes en los presupuestos de los noticiarios, respaldando a la vez y al unísono el surgimiento de programas sensacionalistas, una grotesca caricatura de la verdadera información», escribía entonces, para apostillar: «El peligro, por supuesto, es que lo malo rentable tiene tendencia a desplazar a lo bueno no rentable o marginalmente rentable».

Ese peligro, ay, parece haberse acentuado aún un poco más en los últimos años. Y no sólo en Estados Unidos. Si pensamos ahora en nuestro país, creo que no nos resultaría demasiado difícil poder citar tres o cuatro programas actuales de gran audiencia en esa misma línea que criticaba Cronkite. En esta convulsa época nuestra en donde día a día van ganando espacio las «fake news», las posverdades y un periodismo altamente emocional, que divide el mundo entre buenos —los nuestros— y malos —todos los demás—, va resultando cada vez más difícil poder encontrar referentes de un periodismo honesto, riguroso y fiable, un periodismo como el que practicaba el maestro Cronkite.
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