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Emulando el título de una famosa película del no menos famoso James Bond, me han circulado por el cerebelo (mi cerebelo trabaja mucho mejor que mi cerebro, que suele ser más basto e incongruente) dos “palabros” -sí, en la España de finales del siglo XVIII el término “palabro” era de
En plena canícula –zona temporal en la que nos encontramos de lleno- se suelen montar una enorme cantidad de cenas, aunque no se sepan, exactamente, los motivos. En muchos casos, ni los hay. Aparte de las consabidas y criminales cenas familiares o las concertadas con amigotes groseros (o ambas dos
He pasado una semana en Suecia; concretamente en Estocolmo, su capital. Acabo de aterrizar en Barcelona y me he dado cuenta, inmediatamente, de que el avión no había estado dando vueltas por el aire y vuelto a Estocolmo. Ya sé que no suele pasar, pero nunca se sabe. En mi
Ustedes me van a disculpar, pero debo confesarles un defecto (llámenle déficit, si lo prefieren) que, desde muy jovencito, me persigue en mi interior sin que yo pueda corregir por muchos esfuerzos que me proponga u objetivos que me plantee. Para su información, soy licenciado en Historia del Arte por
El mundo de la filología anda, estos días, ciertamente revuelto; muy revuelto. La cosa va de unas declaraciones que el señor don Pablo Casado (jefe de la oposición al Gobierno de España en el Congreso de los Diputados) tuvo a bien efectuar, recientemente, en Palma de Mallorca, durante el acto
Sí, claro, se sabe a ciencia cierta. El calendario gregoriano -elaborado mayormente por criterios astronómicos- no ofrece dudas al respecto. A finales de julio toca calor, es decir, temperaturas altas, bochorno, sofoco, sequedad; es lo que hay. No deja de ser altamente curioso que, justo en esta época del año,
Yo me las veía tan frescas, hoy, contándoles las delicias que me han acompañado, durante dos semanas, en mi placentera estancia en una casita de Waterloo, en Bélgica, justo en la línea fronteriza entre el país flamenco y el valón (por cierto -y a beneficio de inventario- les cuento una
Soy mentiroso. Terriblemente mentiroso. Soy un mentiroso compulsivo. Soy de los que creo que la mentira es la gran defensa de la civilización y, a la vez, el adalid de la cultura. Soy un apasionado de la mentira, porqué entiendo que la ocultación de la verdad frena las convulsiones psíquicas,
Puede que con la edad -lo admito- me haya vuelto un abuelo “cebolleta” cascarrabias, gruñón y quisquilloso. En todo caso, no sería nada rara esta actitud tan típica y tópica característica genuina de la vejez. Me siento, pues, inserto en la mayor de las normalidades. Debido, pues, al cambio que
Regreso a Madrid, después de unos cuantos meses de ausencia. Lo primero que me llama la atención al salir del tren y recorrer algunos pasillos es la antigua estación de Atocha (preciosa remodelación de los antiguos andenes; ejemplo de cómo una instalación obsoleta desde el punto de vista práctico se
En mis años mozos, allá por la oscuridad de los tiempos, la modernidad sólo alcanzaba a asomar la cabeza. Mis abuelos (mis abuelas, porqué a mis dos abuelos les mató la guerra y una angina de pecho, respectivamente) vestían de luto riguroso. Como los teléfonos, como el Régimen, como el
Queridísimas y nunca excesivamente ponderadas mascarillas: Tengo a bien dedicaros este humilde papel virtual, justo en la hora en la que estáis a punto de desaparecer de nuestras vidas, de nuestra intimidad, de nuestro rostro, de nuestro carácter. A vosotras, a todas, a las reutilizables (UNE0064-2020), a las no reutilizables