Cuando no se distingue entre el pequeño y el grande

En el comercio convivimos realidades muy distintas. Bajo una misma palabra, “sector” se agrupan grandes cadenas con estructuras amplias y capacidad para redistribuir costes, y pequeños comercios y empresas familiares cuya estabilidad depende, muchas veces, de la caja de cada mes y de márgenes muy ajustados. 

Reconocer esta diversidad no es enfrentar modelos. Es, mirar la realidad con honestidad. No todos tenemos la misma capacidad para absorber incrementos lineales de costes, y cuando las reglas se diseñan sin tener en cuenta esa diferencia, pueden generar efectos que nadie desea. 

En muchos debates se habla de las subidas salariales como si su impacto fuera idéntico para todos. Pero no lo es. Una actualización retributiva no es solo una cifra en nómina. Es cotización, es complemento, es organización interna, es presión sobre una estructura que en algunos casos es sólida y diversificada, y en otros es frágil y muy ajustada. 

En una gran empresa, ese impacto puede diluirse en volumen, productividad o economías de escala. En una microempresa o en un pequeño comercio, en cambio, puede convertirse en una tensión inmediata que no siempre puede compensarse con una subida de precios o con reorganizaciones internas. Y esa tensión no es teórica, afecta a decisiones reales sobre contratación, inversión o incluso continuidad. 

Cuando nos sentamos a negociar un convenio colectivo, deberíamos hacernos una pregunta serena pero imprescindible ¿cómo hacemos compatibles la mejora de las condiciones laborales con la supervivencia de un tejido comercial plural y arraigado? Porque el objetivo no debería ser solo fijar cifras, sino garantizar que el sector siga siendo diverso, competitivo y sostenible. Cuando desaparece el pequeño comercio, no solo se pierde una empresa. Se pierde proximidad, se pierde diversidad, se pierde empleo estable y se acelera una concentración del mercado que, a medio plazo, tampoco beneficia a las personas trabajadoras.

Desde PIMECO defendemos que esta complejidad merece herramientas adaptadas. Una de ellas, que ya se ha aplicado en otros marcos sectoriales, es valorar la posibilidad de establecer tablas o ritmos de implantación diferenciados en función del tamaño de la plantilla, con criterios objetivos y garantías claras. No como una rebaja de derechos ni como una división entre trabajadores, sino como una forma responsable de acompasar las mejoras a la capacidad real de cada empresa y proteger, precisamente, el empleo donde es más vulnerable. 

No planteamos una verdad cerrada ni una posición inamovible. Planteamos una reflexión. Una negociación exige equilibrio, transparencia y voluntad de encontrar soluciones que no sean de suma cero. Con mecanismos de revisión, con objetivos de convergencia y con salvaguardas que eviten abusos. 

El comercio de Baleares necesita que las personas trabajadoras progresen. Pero también necesita que el pequeño empresario pueda seguir levantando la persiana cada mañana. Sin uno, no existe el otro. 

Si queremos un sector fuerte y con futuro, el punto de partida es sencillo, la realidad importa. Y en el comercio, la realidad es que el tamaño cuenta. No para dividir, sino para construir un convenio justo, posible y duradero.

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