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Descansar un poco de uno mismo

sábado 27 de junio de 2020, 01:00h
A lo largo de nuestras vidas, suele haber cada cierto tiempo determinados periodos en que, sin saber quizás muy bien por qué, sólo deseamos descansar un poco de nosotros mismos, de nuestras rutinas cotidianas, de nuestra forma de ser, de pensar o de actuar. En esos periodos, a veces buscamos ser sólo meros espectadores de la vida y de todo lo que sucede a nuestro alrededor, intentando evitar, si fuera posible, cualquier posible dolor o sufrimiento de carácter psíquico o anímico.

En esos momentos, nos atraen sobre todo cosas sencillas, como por ejemplo ver el modo en que la brisa mueve suavemente las hojas de los árboles, contemplar la lluvia o las olas del mar, o mirar los pájaros volando de árbol en árbol en algún parque, sin desear hacer nada más que observar serenamente cómo se va desarrollando ante nosotros el espectáculo mágico y prodigioso de la naturaleza, del mundo, de la vida. En esas ocasiones, deseamos también a veces pasear o sentarnos sin prisas en un banco, sólo para ver pasar a la gente, mientras en algunos casos hacemos pequeñas cábalas sobre cómo debe de ser la vida de esas personas concretas que pasan ante nosotros o a dónde deben ir o de dónde deben de venir.

En esos periodos en que queremos ser sólo espectadores, a veces nos cuesta un poco incluso llevar a cabo actividades que en otros momentos nos ayudan a sentirnos o a estar mejor, como escuchar música, ver una película o leer un libro o un periódico. Es también entonces cuando uno tiene una cierta propensión a quedar sólo con aquellas personas que quizás puedan sentirse igualmente así, para compartir esos instantes de serenidad hablando tranquilamente, o sintiendo la calidez de un abrazo o de una caricia —en el caso del amor—, o permaneciendo serenamente en silencio.

Y cuando esos días que en principio parecían algo difíciles de sobrellevar ya han pasado, suelen dejarnos normalmente un buen recuerdo, tal vez porque vivir es quizás también a veces descansar un poco de nosotros mismos, para poder sentir con más intensidad el misterio y la fuerza de la vida, de la vida propia o de la vida de los demás. Y eso es algo que algunos días sólo conseguimos, paradójicamente, viendo la vida como meros espectadores, sólo dejándola un poquito marcharse y pasar.
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