Neurólogo Fritz Nobbe

“Escribir con la letra cada vez más pequeña es un posible signo temprano de párkinson”

Médico en Clínica Juaneda con equipo para tratamiento de Alzheimer
El Dr. Fritz Nobbe, médico neurólogo en Clínica Juaneda.

El párkinson no siempre empieza con un temblor. De hecho, algunos de sus primeros signos pueden ser tan sutiles que pasan desapercibidos durante años. Cambios como una escritura cada vez más pequeña, una marcha más lenta o una menor expresividad facial forman parte de esas señales iniciales. Detectarlas a tiempo sigue siendo uno de los grandes retos de la neurología.

En España, más de 200.000 personas conviven con esta enfermedad, según la Sociedad Española de Neurología, y cada año se diagnostican unos 10.000 nuevos casos. Sin embargo, muchos pacientes llegan a consulta cuando la patología ya ha avanzado. Este retraso está directamente relacionado con la dificultad para identificar los síntomas en fases tempranas.

DIAGNÓSTICO SIN BIOMARCADORES

“El principal problema es que no tenemos ningún biomarcador”, explica el neurólogo Fritz Nobbe, de Clínica Juaneda, en declaraciones a mallorcadiario.com. El diagnóstico del párkinson sigue siendo clínico y se basa en la observación de síntomas. Esto implica que, en muchas ocasiones, la enfermedad no se identifica hasta que el cuadro es evidente.

En la práctica, la confirmación suele retrasarse entre uno y tres años desde la aparición de las primeras señales. “A menudo, este retraso se debe a manifestaciones no motoras tempranas —como ansiedad, síndrome de piernas inquietas, pérdida de olfato o trastornos del sueño con ensoñaciones intensas— que dificultan la sospecha inicial”, señala. El especialista añade que “las investigaciones en biomarcadores apuntan a la posibilidad de detectar la enfermedad hasta una década antes de los síntomas motores”.

Según el doctor Nobbe, incluso en centros especializados existe un margen de incertidumbre. “Solo acertamos en torno al 80% de los casos en el diagnóstico inicial, porque la enfermedad necesita evolucionar para mostrar todo su cuadro clínico”. Esta limitación explica por qué una parte de los diagnósticos iniciales acaban siendo revisados con el tiempo.

Médico en la Clínica Juaneda con fondo del hospital
El Dr. Fritz Nobbe,

SEÑALES ANTES DEL TEMBLOR

Uno de los principales problemas es que el párkinson no suele comenzar con su síntoma más conocido: el temblor. “La gente lo asocia a eso, pero muchas veces no es lo primero que aparece”, explica el doctor Nobbe. Al inicio, los síntomas suelen ser más discretos: pérdida de olfato, problemas de sueño o cambios en la escritura, que no siempre se relacionan con una enfermedad neurológica.

“La letra se hace más pequeña porque el movimiento pierde amplitud, igual que ocurre al caminar”, explica el neurólogo. Este fenómeno, conocido como micrografía, es uno de los signos más característicos en las fases iniciales. Esa misma pérdida de amplitud se refleja también en otros síntomas motores, como la lentitud, la rigidez o las alteraciones de la marcha. “Los pasos se acortan, el paciente pierde naturalidad al moverse y le cuesta repetir los movimientos con la misma precisión”, detalla.

Estos cambios, sin embargo, suelen aparecer de forma gradual y poco evidente. “Muchas veces el paciente empieza con un solo síntoma o con manifestaciones poco específicas, como ansiedad”, señala Nobbe. Por eso, el diagnóstico es difícil al principio: no hay una señal única, sino una suma de pequeños cambios que pueden pasar desapercibidos.

DETECTARLO ANTES, EL GRAN RETO

Desde el punto de vista clínico, el párkinson se produce por la degeneración de neuronas que generan dopamina, sustancia esencial para el control del movimiento. El problema, explica el doctor Nobbe, es que cuando los síntomas motores se hacen evidentes, la enfermedad ya ha avanzado durante años. De ahí la importancia de anticiparse. “Si pudiéramos detectarlo antes, podríamos intervenir antes; sobre todo con fisioterapia y tratamiento, para mantener la movilidad durante más tiempo”, explica el doctor Nobbe.

Ese adelanto, sin embargo, sigue siendo limitado. “Hoy por hoy no existe ningún biomarcador para el párkinson. Hay casos genéticos muy concretos, pero son una minoría; la mayoría son esporádicos y no tenemos ninguna prueba objetiva”, advierte. En ese contexto se sitúan líneas de investigación como la de Grifols, con la plataforma Chronos-PD, que estudia cambios biológicos en sangre años antes de los síntomas. “Se plantea la posibilidad de detectar biomarcadores hasta 12 años antes del diagnóstico clínico”, señala el neurólogo, si bien puntualiza: “Es un campo prometedor, pero todavía en fase de validación y centrado en ensayos clínicos”.

TECNOLOGÍA PARA ANTICIPARSE

Más allá de los biomarcadores, la innovación tecnológica ofrece otra vía de detección precoz. El Hospital Gregorio Marañón, junto a la Universidad Politécnica de Madrid, ha desarrollado un sistema basado en radar que analiza la marcha del paciente y detecta alteraciones imperceptibles en la práctica clínica habitual.

El doctor Nobbe destaca su potencial: “Este tipo de tecnología permite detectar párkinson en fase prodrómica mediante un análisis no invasivo de la marcha, que probablemente es uno de los síntomas más incapacitantes de la enfermedad”. El sistema estudia parámetros como la zancada o el movimiento del tronco, identificando patrones sutiles que no se aprecian en una exploración convencional. “Facilita identificar cambios invisibles a simple vista y abre la puerta a intervenir antes”, añade.

AUTONOMÍA Y EJERCICIO FÍSICO

A falta de una cura, el objetivo del tratamiento párkinson es frenar la pérdida de autonomía el mayor tiempo posible. “Lo importante es mantener la movilidad y la calidad de vida”, resume Fritz Nobbe. Para ello, es clave un abordaje integral que combine medicación, rehabilitación y seguimiento continuado.

El neurólogo insiste especialmente en la intervención temprana: “Empezar antes con la fisioterapia es fundamental”. A esto se suma el papel del ejercicio físico regular, el trabajo de fuerza y la estimulación cognitiva, medidas que contribuyen a mantener tanto la movilidad como la actividad mental.

Además, en una enfermedad progresiva, el entorno resulta determinante. “El paciente necesita apoyo”, subraya. En este contexto, la detección precoz no solo tiene impacto clínico, sino también personal y familiar, pues “permite afrontar la evolución de la enfermedad con mayor preparación”, concluye.

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