El año pasado en Marienbad

Entre mediados de los años setenta y mediados de los ochenta solía ser habitual que se reestrenaran en las principales salas de exhibición españolas películas de décadas anteriores que se habían convertido ya en clásicas y que, además, se recuperasen con copias nuevas y con honores de estreno.

En esa época, había en Palma un niño —luego ya adolescente— muy aficionado al séptimo arte que intentaba no perderse tampoco ninguna de esas reposiciones, por si de algún modo pudieran ayudarle en la consecución de su lejano y quimérico sueño de llegar a ser director de cine algún día. Como seguramente habrán intuido ya, ese pequeño niño cinéfilo era yo, claro.

Algunos de aquellos filmes míticos volvían de nuevo a la gran pantalla porque en su momento habían sido mutilados por la censura y regresaban por fin con sus metrajes íntegros. En otros casos, se trataba de producciones experimentales que previamente no habían tenido una buena distribución o de obras maestras que el gran público agradecía poder volver a ver en los cines, en un país en donde si bien ya existían los primeros videoclubs, aún no se había iniciado la venta directa y generalizada de películas en VHS para tenerlas guardadas como un pequeño tesoro en casa.

Haciendo un poco de memoria, recuerdo que en ese periodo de tiempo vi 2001: una odisea del espacio en la Sala Rívoli, La dolce vita en la Sala Astoria o Dos en la carretera en los Multicines Metropolitan. Pero si tuviera que destacar ahora un espacio que frecuenté de manera recurrente para ver ese tipo de producciones, citaría sin duda los Multicines Chaplin, pues ahí descubrí, entre otras, Al final de la escapada, Rocco y sus hermanos, Jules y Jim, La hija de Ryan, El último tango en París, Dersu Uzala o la película de la que voy a hablarles hoy, El año pasado en Marienbad.

Filmada en 1961, había sido rodada por el gran Alain Resnais, uno de los miembros más destacados de la Nouvelle Vague junto con los también grandes François Truffaut, Jean Luc-Godard, Claude Chabrol o Éric Rohmer, todos ellos igualmente muy queridos por mí.

Sin hacer ahora un spoiler en sentido estricto, podríamos decir que El año pasado en Marienbad transcurría en la ciudad balneario checa del mismo nombre, esencialmente en un elegante y barroco hotel ubicado allí, lleno de clientes sofisticados, en donde un joven (Giorgio Albertazzi) intentaba persuadir a una mujer casada (Delphine Seyrig) de que abandonase a su marido y se fugase con él. Ese joven basaba su petición en una promesa que al parecer le habría hecho esa mujer cuando supuestamente se conocieron el año anterior en Marienbad, pero ella parecía no recordar nada de aquel posible primer encuentro romántico entre los dos.

La estructura narrativa de la película no seguía las habituales pautas clásicas de planteamiento, nudo y desenlace, sino otra basada en la emoción que podían producirnos las bellas imágenes y las poéticas palabras del filme por sí mismas, en una historia que se desarrollaba de una manera no lineal y que nos hacía sentir como si estuviéramos asistiendo a la visualización cinematográfica de un recuerdo tal vez imaginario o de un sueño de uno de los dos protagonistas.

Esa sensación de consistente misterio y de sutil sensualidad era debida en buena medida a la acertada dirección de Resnais y a la actuación de Albertazzi y de Seyrig, así como también a la fotografía en blanco y negro de Sacha Vierny y, de manera especial, al guion del escritor Alain Robbe-Grillet, un notabilísimo autor con un mundo propio bastante oscuro y perturbador que años más tarde probaría igualmente suerte como cineasta, con películas como Deslizamientos progresivos del placer o La bella cautiva.

Si aún hoy me acuerdo con nitidez de El año pasado en Marienbad, casi cuarenta años después de haberla visto por vez primera, no es solo porque me pareció una obra maestra absoluta, sino además por todas las circunstancias externas e inesperadas que rodearon ese visionado la noche en que la proyectaron en los Chaplin.

El primer hecho curioso que recuerdo es que, efectivamente, la programaron un único día —un martes— y en una única sesión —la de las diez de la noche—, algo que no solía ser habitual cuando se reponía un título de prestigio. Por ello, era consciente de que en caso de que yo no aprovechase esa oportunidad concreta, podrían pasar años o incluso décadas hasta que volviese a tener otra oportunidad igual.

La película había sido rodada en Dyaliscope, un sistema equivalente al Cinemascope, por lo que pensaba que podría disfrutarla en formato panorámico. Pero no fue así, pues cuando se apagaron las luces y empezó El año pasado en Marienbad me di cuenta enseguida de que no había sido colocada la preceptiva lente anamórfica descompresora en el proyector de esa sala, así que lo que veíamos en la pantalla era un formato cuadrado en el que todas las figuras humanas y todas las estancias aparecían comprimidas y extremadamente alargadas.

Si esta película era ya de por sí bastante onírica, su visionado en esas condiciones técnicas hacía que todo pareciera aún más etéreo e irreal.

En la sala debíamos de ser aquella noche unos quince cinéfilos de primera o segunda generación, pero ninguno de nosotros se levantó para salir un instante y comunicar al personal del cine lo que estaba ocurriendo. Yo no lo hice porque era extremadamente tímido y es posible que el resto de espectadores también lo fuera. Así que todos los presentes vimos los 91 minutos que duraba el filme estoica y calladamente, tal como les acabo de describir hace un momento.

Al salir del cine, pasada ya la medianoche y de camino a casa, fui protagonista de una situación mucho menos onírica y bastante más realista en sentido literal, pues a la altura de la calle Aragón me abordaron dos hombres para intentar robarme. Me dijeron que habían salido de la cárcel hacía unas pocas horas y que no les importaría volver a ella. En esta tesitura, a mí solo se me ocurrió preguntarles: «Entonces, ¿esto va a acabar mal?». Pero la verdad es que al final la cosa no acabó mal, sino más o menos bien dado ese poco aleccionador contexto.

No sé si porque me vieron muy joven, o porque les mostré que sólo llevaba unas pocas pesetas en los bolsillos, o porque sin yo saberlo tal vez era mi día de suerte, ambos hombres me dejaron marchar un par de minutos después, por lo que pude llegar sano y salvo a casa, que entonces era un piso de alquiler en la calle Nuredduna, en donde vivía con mi madre y mi hermano Joan.

Ni a ella ni a él les conté nunca nada de lo sucedido en aquella noche tan especial. Solo les dije que me había gustado mucho haber podido ver una película de amor, o de desamor, o de no amor tan insólita y fascinante como El año pasado en Marienbad.

 

 

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