Estamos, sin duda, en una nueva edad: la Digital. Su comienzo lo situamos el 9 de enero de 2007. Este día, Steve Jobs presentó el primer teléfono inteligente, el ‘traído del futuro al presente’, según expresión del propio presentador. Un ‘miniordenador que dispone de la inmensa mayoría de las funciones digitales que interesan’ y que, incluso hoy, muchas de ellas nos parecen inimaginables (cf. Una sorprendente relación en L. M. Anson, La edad digital). Media población mundial dispone de tal maravilla. Cada día se hace más imprescindible. Ha hecho a los hombres más iguales entre sí y más humanos.
Me parece que debo traer ahora a colación el Anuncio ‘Piensa diferente’ de Apple, 1997, creado, precisamente, por Steve Jobs y que salvó al grupo de la bancarrota. Decía así: “Las personas lo suficientemente locos como para pensar que pueden cambiar el mundo son las que lo cambian”. Sin duda. Siempre ha sido así en la historia de la humanidad (GS, 33-34), plagada de genios, que han ido cambiando el mundo, que han escalado el ”más brillante cielo de la invención” (Shakespeare, Enrique V, Acto Primero. Coro) en todas sus dimensiones. Un hombre visionario y creativo, que no dudó en realizar esta manifestación: “durante la mayor parte de mi vida, he sentido que debía haber algo más en nuestra existencia de lo que se aprecia a simple vista” (Walter Isaacson, Steve Jobs, Barcelona 2021, pág. 707).
En la cosmovisión cristiana de la existencia humana, se parte del momento mismo de la creación: El hombre fue creado, varón y hembra, a su imagen y semejanza, sometiéndoles todo lo creado a fin de perfeccionar la ‘creación visible’ (Gen 1, 26-27; 9, 2-3; 5, 1). Nos dio la identidad: hijos de Dios (Francisco) y, en consecuencia, nos dio una capacidad y energía poderosa e ilimitada, dada su naturaleza divina (Ex 35, 31; Pagels, Más allá de la fe; Delgado, Somos como dioses, MD), que, como refiere el Evangelio según Tomás, cuando la descubramos, cuando lo saquemos de dentro de nosotros, nos salvará (n. 70, cf. n. 18). Es más, todo lo existente nos remite, de modo explícito, al principio (Ev. Tomás, n. 18), a la creación (Delgado, La despedida de un traidor, 153-162), como también subrayó Francisco en su Homilía de 7 de febrero de 2017 (cf. Delgado, La capacidad para encontrar a Dios, MD).
A partir de este esencial principio cristiano, no es extraño que Francisco nos dejase dicho respecto de la IA: “La ciencia y la tecnología son, por lo tanto, producto extraordinario del potencial creativo que poseemos los seres humanos. Ahora bien, la inteligencia artificial se origina precisamente a partir del uso de este potencial creativo que Dios nos ha dado” (Palabras al G-7, Apulia. Junio 2024). Esto es, “nos ha hecho capaces de responder a su amor a través de la libertad y del conocimiento” (Ibidem. 57ª Jornada Paz, 2024; cf. GS, nn.33-34). Su desarrollo (ChatGPT), a partir de 2024, ha sido rapidísimo. Vivimos, pues, ‘tiempos extraordinarios’ (Álvarez-Pallete) y maravillosos.
Al dirigirse al ‘Foro Builders IA 2025’, León XIV afirmó, igualmente, que la IA, “como toda invención humana, surge de la capacidad creativa que Dios nos ha confiado (cf. Antiqua et Nova, 37). Esto significa que la innovación tecnológica puede ser una forma de participación en el acto divino de la creación”. Lo es. Como toda obra humana. ¡Grandiosa maravilla! Ante lo que ya tenemos y lo que puede venir en el futuro, si algo ha de brotar de nuestro corazón es un canto de reconocimiento: “¡Den gracias al Señor por su gran amor, por sus maravillas a favor de los hombres!” (Sal 107, 8, 15, 21, 31). Estamos, en principio, ante una buena noticia, que hemos de recibir con optimismo y esperanza. “Como generación de seres humanos somos muy afortunados por que vivimos un momento muy especial” (Álvarez-Pallete). Estamos llamados, por tanto, a confiar en la capacidad humana y a celebrar y disfrutar de sus logros.
Cierto que puede comportar riesgos y peligros múltiples. Cierto que, después del GPT-5, se ha podido extender una sombra sobre la promesa que anunciara Silicon Valley. No dudemos, a pesar de todo, de nuestra identidad ni, por tanto, de nuestra maravillosa capacidad humana. Confiemos y esperemos. Mientras tanto, celebremos las maravillas ya hechas realidad.
Gregorio Delgado del Río



