Nunca he seguido las actividades de los Papas con interés, sólo con un prisma de espectador que quiere estar mínimamente informado. Pero el sábado pasado estaba delante la televisión y me quedé viendo la participación de León XIV en la vigila con jóvenes en la Plaza de Lima de Madrid. Les aseguro que quedé enganchado y ya de joven tengo poco.
Desde hace tiempo en conversaciones con amigos manifiesto la confianza con la juventud porque entre otras cosas es el futuro de nuestra sociedad y en muchas ocasiones me han dado prueba de ello. En otro continente tengo muchos sobrinos, a algunos los he visto nacer, crecer y ser adultos, he jugado con ellos, hemos hablado de muchas cuestiones y los he visto manejarse entre sus semejantes, nunca me han defraudado. Hijos de amigos mallorquines igualmente personas con futuro y muchas ilusiones. Pero, eso sí, la familia siempre detrás.
Vayamos pues a la vigilia con jóvenes. Quedé sorprendido por el interés de los reunidos en escuchar los consejos y las respuestas del Pontífice sus inquietudes y expectativas. El Papa lo dijo claro, “la juventud es la chispa de una nueva humanidad” y a través de la fe dar una nueva dirección a la sociedad.
El Papa insufló esperanza y advirtió que, “la verdad siempre permanece frente a las mentiras” que se pueden encontrar en las redes sociales. Y además instó a los jóvenes a ser “los protagonistas del cambio de la sociedad”.
Las 500.000 personas que se reunieron en esta vigilia recargaron sus baterías de esperanza y de entusiasmo ante la vida, de ilusión y del papel fundamental de ellos mismos en nuestra sociedad junto a la base que es la familia y les instó a no tener miedo de formarla.
Hemos de trabajar para dejar a la juventud, a nuestros hijos un mundo mejor del que estamos ahora y que ellos con responsabilidad puedan coger el testigo que tanto esfuerzo nos ha costado conseguir, aunque otros por intereses partidistas quieran cargárselo.
Pero León XIV ha dejado deberes a los políticos y se los dejó en su discurso en la sesión conjunta Congreso y Senado, sesión, muy solemne, por cierto, en la que por primera vez un Pontífice se dirigía a diputados y a senadores. Y, además, en un contexto de alta crispación política y ante un gobierno agónico o eso es lo que parece.
Destacaría el reproche a la descalificación política y pidió rebajar la polarización y apeló al diálogo. “La discrepancia no conlleva la humillación”, dijo. Habló de todo, de inmigración, de ofrecer una acogida respetuosa y posibilidades de integración, pero promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra. Abordó más temas candentes, para algunos incómodos, que al final lograron arrancar de los escaños unos siete minutos de aplausos.
En definitiva, la visita del Papa a España ha sido provechosa para aquellos que lo han querido escuchar. No todo el mundo es católico. Pero, dentro de diez días nadie se va a acordar y al Gobierno le ha venido muy bien, le ha dado oxígeno, un tiempo muerto a las puertas del verano esperando que los casos de presunta corrupción se diluyan.



