El pasado 22 de abril de 2026, me hizo eco (La democracia amenazada, MD) de la alerta lanzada por el ‘El País’. Las democracias, en efecto, retrocedían en el mundo y avanzaba, por el contrario, el autoritarismo. Larry Diamond, sociólogo de Stanford, ya ha venido denunciado la plena expansión de tan inquietante tendencia. Yo mismo (La profecía totalitaria se está cumpliendo (2.05.23) y Sanchismo, democracia y totalitarismo (30.06.23), Ok. Diario) analicé el proceso en cuestión, referido a la realidad española. Es, de hecho, un diagnóstico compartido por quienes proyectamos una mirada objetiva sobre la misma.
Dice muy bien Javier Benegas (Sobrevivir al gobierno, TO) que “la corrupción puede derribar Gobiernos. Lo ha hecho muchas veces. Pero hay momentos críticos en los que deja de ser un mero sumario de nombres, contratos o mordidas, y empieza a revelar una patología mucho más grave: que el poder ha perdido, por completo, la conciencia de sus propios límites. Cuando se cruza esa línea, ya no está en juego la supervivencia política de un presidente, sino la legitimidad de todo un sistema político”.
A mi entender, es inexcusable partir de esta percepción en España. Ya se ha despreciado con antelación y, por ello, hemos incurrido, como pueblo, en complicidad manifiesta. Como ciudadanos responsables, nadie tiene derecho a seguir mirando para otro lado. “El todo es superior a la parte”, dejó dicho Francisco (EG, 234-237). Más allá, incluso, de la corrupción manifiesta, lo que ahora está en juego es el sistema democrático. José María Aznar nos lo ha recordado con claridad: "Nos jugamos un cambio de sistema: o supervivencia o liquidación de la nación constitucional y la igualdad ante la ley" (‘El Imparcial’, 3.07.26). Por muy cuesta arriba que se les haga a los votantes de izquierda, circunstancia que comprendo dada la frustración que ahora pueden experimentar, están llamados a asumir un servicio responsable en estos momentos críticos de su país (‘el todo’).
En el recuerdo de J.F. Kennedy, me parece que todos, también quienes legítimamente han apoyado un Gobierno de izquierdas, tan contradictorio y destructivo como el presente, han de preguntarse en serio “qué pueden hacer por su país”. Esto es, cómo pueden impedir que se consolide la mutación del sistema democrático en un trasnochado ‘autoritarismo’, en una ‘sumisión voluntaria’ al tirano o caudillo, que lo gobierna sin mayoría parlamentaria y que, para más inri, se autodefine como ‘progresista’. La respuesta ha de ser individual, apremiante e imparcial (cf. Delgado, ¿Qué podemos hacer?, MD, 31.01.25).
No me parece necesario reiterar el proceso, seguido por el PSOE, con el impulso de Rodríguez Zapatero y Sánchez, que, además de destrozar su propio partido político, han infectado la patria común y han originado en ella una patología verdaderamente crítica (cf. Javier Benegas, Sobrevivir, cit., TO) y, hoy por hoy, percibida como irreversible. Lo han definido bien García Page (“El PSOE vive el peor momento de su historia”), Feijóo, que le acusa de ‘caudillismo’ y de ‘gobernar contra el Congreso’ y Felipe González: “Sánchez tiene dos opciones: dimitir o convocar elecciones” (‘El País’, 23.06.26).
Confieso que me duele tener que ver actitudes ‘chulescas’ en el Presidente del gobierno, que sólo sirven para ahondar más en el enfrentamiento existente. No es hora para seguir construyendo muros sino para derribar los ya levantados. En esta hora difícil, todos deberíamos elevar la mirada y la acción hacia el proyecto común: “El todo es superior a la parte” (EG, 234-237). “Es, como dijo Stefan Zweig respecto de la Revolución francesa, tiempo de poner orden en el caos” (Fouché. Retrato de un hombre político, Acantilado, pág. 22). Nadie está legitimado para inhibirse. La historia, en tal caso, se lo demandará.
(CONTINUARÁ)
Gregorio Delgado del Río


