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Nosotros, los europeos

Recientemente, en el marco de la crítica dirigida a la actual invasión de nacionalpopulismo que soportamos y padecemos, Jared Diamond recuerda cómo, en los años 50, los líderes europeos percibieron que las ‘identidades nacionales’ no era un buen camino a seguir. La primera vez, afirma, que escuché decir: “nosotros, los europeos”, fue en 1970, y de boca de un lituano. “Pensé, prosigue, que estaba loco, pero se trataba de un gran paso adelante en la construcción de esta identidad supranacional” (La Lectura, 188 (2025), pág. 14).

Es preciso reconocer, no obstante, que la UE ha incurrido en el error de no haber sabido completar el camino y el proyecto iniciado: construir una verdadera identidad europea, esto es, ‘convertirse en pueblo’ (EG, 220), ‘donde las diferencias se armonicen en un proyecto común’ (EG, 221), superador de las individualidades. El anterior Presidente del Consejo europeo, Charles Michel, lo expresó con claridad: “Lo que necesitamos no es una Comisión política, sino una Unión política. No una Comisión geopolítica, sino una Unión geopolítica (‘El Mundo’, 4.06.2024, pág. 28). Su ausencia se echa de menos sobre todo en momentos particularmente complicados, como los actuales, en los que imperan los depredadores (cfr. Delgado, Tecnocesarismo, MD) y el orden internacional liberal no parece que vaya a subsistir (cfr. Massimo Cacciari, La Lectura, 109 (2024), págs. 8-10).

No existen los conceptos abstractos. Existen las personas y sobre ellas se ha de volcar, preferentemente, la acción de las Instituciones europeas. “La originalidad europea está sobre todo en su concepción del hombre y de la realidad; en su capacidad de iniciativa y en su solidaridad dinámica” (Francisco, Carta al card. Parolin, en el 50º aniversario colaboración Santa Sede e Instituciones europeas, 22.10.2020). De ahí que el papa argentino “Sueñe (o), entonces, una Europa amiga de la persona y de las personas” (Ibidem).

Hablar de las personas, máxime cuando tienen desarrollado y vivo, como ocurre en la UE, el sentido de pertenencia a sus Estados respectivos, es hablar de sus sentimientos, de sus esperanzas, de sus intereses y necesidades, de sus convicciones y creencias, de cómo se ven sí mismas, de los valores y principios que presiden sus vidas, de sus opciones culturales muy singulares y diferentes de las políticas, de los ámbitos de participación en la resolución de los problemas comunes, de las tradiciones y modos de vida, que van conformando, no tanto un espacio geográfico, cuanto una cultura y unos valores de todo tipo así como una historia comunes (cf. la visión del gran filósofo alemán, Peter Sloterdijk, La Lectura, 193 (2026), págs. 9-12). Los políticos, ‘escasas veces, como alerta Tarabini, se interesan por los problemas, las ansias y las inquietudes reales de los ciudadanos, (…) no suelen escuchar, a lo más oyen” (DM, 26.01.2026, pág. 18).

Quizás sea recomendable escuchar a Sloterdijk cuando afirma que “Europa es una construcción multicultural de tal riqueza que no puede reducirse a una sola esencia, a un único denominador común” (Ibidem). Hace ya mucho tiempo, en sus Nouvelles Llitéraries, Albert Camus se expresó así: “Los genios malos de la Europa de hoy llevan nombres de filósofos: Se llaman Hegel, Marx, Nietzsche …Vivimos en su Europa. La Europa que ellos han hecho. Cuando hayamos llegado al extremo de su lógica, nos acordaremos de que existe otra tradición: la que no ha negado jamás aquello que constituye la grandeza del hombre. Hay, felizmente, una luz que nosotros, los mediterráneos, hemos sabido ya no perder jamás. Si Europa renunciara decididamente a ciertos valores del mundo mediterráneo (…) ¿podemos imaginarnos los resultados de este abandono? Se están perfilando ya” (Texto tomado de Charles Moeller, Literatura del siglo XX y cristianismo, Gredos,1955), págs. 41-42).

Palabras proféticas, que nos recuerdan que Europa es, en efecto, una ‘construcción multicultural’ compleja y muy plural, pero esencial para entender su fundamentación inspiradora. ¿Por qué se ha permitido, no obstante, el lujo de olvidar, por ejemplo, que no puede entenderse sin su conexión con el mundo griego, con el mundo romano y con el mundo que alumbró el Cristianismo? (cf. Sloterdijk, Ibidem). Ya, en noviembre de 1984, Juan Pablo II, en el Acto europeo de Santiago de Compostela, lanzó este grito: “Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1982/november/documents/hf_jp-ii_spe_19821109_atto-europeistico.htm).

En este contexto, el rey Felipe VI, con motivo del 40º aniversario de la adhesión de España, acertó en su reflexión: “Y ahí -en la desmemoria de lo que ha supuesto la construcción europea- está nuestra mayor amenaza (…) y la mayor fuerza (…) es la unidad” (El Mundo, 22.01-2026, pág. 23). Sabe de qué habla.

Me permito, para finalizar, la licencia de recomendar la lectura de los tres primeros sueños de Francisco respecto a Europa en su Carta al cardenal Parolin

(https://www.vatican.va/content/francesco/es/letters/2020/documents/papa-francesco_20201022_lettera-parolin-europa.html). El cuarto sueño, sin embargo, no me resisto a transcribirlo: Sueño una Europa sanamente laica, donde Dios y el César sean distintos pero no contrapuestos. Una tierra abierta a la trascendencia, donde el que es creyente sea libre de profesar públicamente la fe y de proponer el propio punto de vista en la sociedad. Han terminado los tiempos de los confesionalismos, pero —se espera— también el de un cierto laicismo que cierra las puertas a los demás y sobre todo a Dios, porque es evidente que una cultura o un sistema político que no respete la apertura a la trascendencia, no respeta adecuadamente a la persona humana” (Ibidem).

No todo es política. Sobra mucha ideología sectaria. Se necesita superar el ‘momento histérico’, que atravesamos (Antonio Lucas) y escuchar a la gente a fin de respetar el modo de vida, que añora.

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