Francia es un estado que contiene a los franceses que son muy suyos, ellos. Se trata de un país que cuenta entre sus filas enormes pensadores que le han dado fama, tales como Descartes, Montaigne, Montesquieu, Foucault, Comte, Bergson y otros chicos del montón. Los habitantes de este territorio bañado por el Mediterráneo y el Atlántico acostumbran a consagrarse como fieles centralistas y, sobre todo, jacobinos; gente que —como los castellanos en su historia— desprecian todo aquello que ignoran.
Pues bien, históricamente hablando, los franceses han considerado a los belgas como indivíduos de muy baja clase y condición. Existen millones de chistes que dejan a los habitantes de su vecina Bélgica, los belgas, por los suelos, como si fueran unos desgraciados, incultos, inútiles y medio imbéciles. ¡Es un clásico!
He vivido, en mi antigua existencia, un buen par de años en el país de los flamencos y valones y acabo de regresar de un viaje de una semana por aquellos andurriales. Conozco bien a sus gentes, sus paisajes, sus cervezas, sus casas e incluso se que un lugareño, Adolphe Sax —una personalidad eminentee insigne— inventó el saxofón, un instrumento que suena con emoción y personalidad.
Contra todo pronóstico realizado por sus vecinos de abajo, debo contar que los belgas adolecen de todos los defectos que los franceses les adjudican injustamente. Muchos de ellos —para no generalizar— suelen ser personas honestas, limpias, detallistas, inteligentes, con un buen sentido del humor (Hergé, responsable de Tintín o Pierre Culliford, “Peyo”, creador de los increibles Schtroumpfs, los famosos “Pitufos” o “Barrufets”), algunos con buenas piernas como el ciclista Eddy Merckx, dueños de sus pinceles como Magritte y fabulosos novelistas como Simenon, sin ir más lejos.
Bélgica es, en términos generales, un país construido y acabado (con pocos cables de teléfonos por las calles y escasa pintadas, con la excepción de Bruselas que, como gran capital escapa de algunas de estas condiciones), con una competente red de comunicación viaria y de trenes y con un sistema política aceptable capaz de articular su estado federal con cierta corrección. Valones y flamencos sostienen ambos parlamentos en igualdad de condiciones y la monarquía histórica aguanta con más o menos solemnidad e inutilidad como en otras partes del mundo.
La mayoría de sus habitantes habitan en casa individuales. Sólo en las grandes urbes se pueden ver los clásicos grandes bloques de viviendas grises dedicadas a apartamentos. La mayoría de barrios, pues, se componen de pequeñas casitas, generalmente bien conservadas, con buena pintura y estado de salud y su jardincito siempre cuidado con esmero y dedicación. Son espacios bastantes seguros, con casi nula suciedad, muy cuidados e iluminados.
El efecto metereológico influye notablemente en el país: llueve con una asiduidad increible y este fenómeno enriquece las buenas condiciones de vida; no hay polvo y los colores arenosos carecen de visión. En definitiva, el agua es vida y Bélgica es regada con abundancia mientras sus ríos campan a su aire repartiendo bienestar.
La cerveza, las patatas fritas y los mejillones —dejando aparte el sentido tópico y turístico de estos elementos— son, ciertamente, valores seguros para el disfrute de los belgas. No se hallan en la cumbre de la gastronomía más evidente pero disfrutan con poca cosa.
Los cafés, restaurantes y bares forman un decorado fundamental para el público del país. Como suele llover casi constantemente, los locales públicos constituyen el mejor refugio para sus habitantes y, por este motivo, sus locales son acogedores, con mobiliario selecto y confortable, su luz suele ser tenue i matizada y sus ventanales visten discretamente de cortinas que lo alejan del mundanal ruido y crean un ambiente íntimo y familiar.
Bélgica carece de una orografía destacable. No es como los Países Bajos (desniveles cero) pero casi: el punto más alto de Bélgica es una montaña llamada Signal de Botrange y goza de una altitud de 694 metros.
En fin, les podría narra una cantidad de información sobre este pequeó rincón del mundo (la belleza de Brujas y Gante; las suavidades de las lomas verdes de las Ardenas; la historia dorada de Bruselas, etc) pero la verdad es que no me da tiempo ni espacio.
Lo cierto y verídico es que cada vez que me traslado a Bélgica una enorme ola de felicidad invade mi cerebro y me inflama el corazón, el ánimo y el espíritu.
Gracias por existir...





