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Viruela de los monos, emergencia justificada

martes 09 de agosto de 2022, 04:00h

Cuando aun estamos en plena pandemia de la Covid 19, aunque parece que a la mayoría de nuestros conciudadanos se les ha olvidado, ha surgido un inusitado y desproporcionado número de casos de viruela del mono, monkeypox en inglés, diseminados por casi todo el mundo, que han llevado a la Organización Mundial de la Salud a declararla como Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional a finales de julio, y a los Estados Unidos como emergencia sanitaria, ante el constante aumento de las cifras de infectados.

España es uno de los países con mayor incidencia de la enfermedad, tanto en cifras absolutas como en porcentaje de población, con casi cinco mil casos detectados, más de un centenar de hospitalizaciones y, hasta ahora, dos muertos. La mortalidad global es baja, a diferencia de su prima hermana, la viruela, hoy en día erradicada, que fue una de las más terribles enfermedades infecciosas de la historia de la humanidad y causó centenares de millones de muertos.

Hay algunas voces de expertos y científicos, y también de políticos y sociólogos, que cuestionan la declaración de emergencia sanitaria, porque consideran que puede causar un pánico injustificado en una población que aun no se ha recuperado psicológicamente de la pandemia de Covid 19. Sin embargo, los datos objetivos avalan la declaración y, como ya se ha venido advirtiendo por muchos expertos en los últimos años, nos tendremos que acostumbrar a convivir con pandemias, epidemias y emergencias sanitarias provocadas por microorganismos nuevos, emergentes o reemergentes, que surgirán cada vez con más frecuencia y que, como en el caso presente, podrán solaparse en el tiempo.

En el caso del monkeypox, que a pesar de su nombre no procede de monos sino de roedores, se detectó por primera vez en los años 50, en una colonia de monos mantenidos para investigación en Dinamarca; de ahí el nombre de viruela de los monos. Los simios procedían del África Central y se habrían infectado por contacto con roedores, que son el reservorio de la infección.

Desde entonces, se detectó esporádicamente en otras colonias de monos en otros laboratorios de investigación, siempre procedentes del centro de África. El primer caso humano se detectó en 1970, en la República del Congo, en un niño, y se identificó gracias a las campañas de vigilancia de enfermedades varioliformes que se llevaron a cabo en los últimos años del programa de erradicación de la viruela. Desde entonces, se han venido detectando casos esporádicos en ese país y algunos limítrofes, y también en algunos países del África occidental.

Pero, a partir de principios del presente siglo, el número de casos ha crecido dramáticamente en el Congo y otros países, con diversos brotes epidémicos, y también ha reaparecido en África occidental. Existen dos variantes de la enfermedad, la del África central, más grave y con mayor mortalidad, (aunque ni mucho menos la de la viruela clásica), alrededor de un 10 %, y la del África occidental, más leve, con una letalidad de más o menos un 1 %.

La infección humana se detectó por primera vez fuera de África, en 2003, con 47 casos diagnosticados en estados del Medio Oeste estadounidense, ligados a la importación de ratas gigantes africanas infectadas procedentes de Gambia, que se mantuvieron juntas con perritos de las praderas, a los que contagiaron. A continuación, tanto las ratas como los perritos contagiaron a personas que los adquirieron como mascotas.

Hasta 2021, se han venido detectando casos esporádicos de la enfermedad fuera de África, siempre asociados a viajes a zonas endémicas africanas, y solo en un caso se detectó una transmisión de humano a humano. El virus aislado en todos los casos era de la variante del África occidental, el que provoca una enfermedad más leve y con una muy baja mortalidad.

Desde mayo de 2022, se ha producido un incremento brutal de la infección fuera de África, con miles de casos diseminados por todo el mundo, sobre todo en Europa occidental y Norteamérica, y con transmisión local persona a persona, la mayoría entre hombres que tienen sexo con hombres, y con algunos casos de defunción. La variante continúa siendo la de África occidental en todos los casos.

La situación es, por tanto, preocupante y merita la declaración de emergencia sanitaria. Ya hemos cometido algunos errores similares a los que cometimos con la Covid 19, cuando minusvaloramos una infección parecida a una gripe (pensábamos) que estaba apareciendo en un remoto lugar de China. La monkeypox ha venido incrementándose sustancialmente en África durante los últimos 20 años, pero como afectaba a poblaciones rurales y pobres de países como el Congo y Nigeria, no le hemos prestado atención.

Ahora nos iría bien conocer las causas de este incremento sostenido durante 20 años en África, ligadas probablemente a la superpoblación, el deterioro del medio ambiente, el aumento del contacto entre los animales salvajes y los domésticos y las personas, y también la influencia del aumento de población sin inmunidad contra la viruela, debido al cese de la vacunación a finales de los años 70, tras la erradicación de la enfermedad.

Además, el patrón de transmisión epidemiológica ha cambiado. El mecanismo principal ya no es de animales a personas, sino de persona a persona, por lo que la enfermedad ya no es una zoonosis, al menos en nuestros países. Si esto quiere decir que el virus ha mutado para ser más fácilmente transmisible entre personas, es algo que se debe investigar, así como también el grado de inmunidad cruzada con la vacuna de la viruela, que se daba por sentado. También deberemos investigar en vacunas; afortunadamente hay algunas ya disponibles, pero habrá que invertir en la producción masiva de las mismas, ya que ahora mismo es muy limitada.

Si hubiéramos empezado a investigar hace 20 años, cuando se inició el gran incremento de la incidencia de la enfermedad en África, ahora ya llevaríamos mucho camino adelantado, pero seguimos cometiendo los mismos errores.

Así que la declaración de emergencia sanitaria está plenamente justificada y es un nuevo aviso, uno más, de que debemos fortalecer nuestros sistemas de vigilancia y detección de infecciones emergentes y nuestra infraestructura de investigación y desarrollo de métodos de diagnóstico, tratamiento y producción de vacunas.

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