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A vueltas sobre la vivienda

Por Álvaro Delgado
lunes 11 de octubre de 2021, 06:00h

El problema de la vivienda es hoy uno de los más acuciantes para la sufrida juventud de nuestro país. Y nuestros políticos lo saben, de ahí sus recientes anuncios de Leyes supuestamente “mágicas” para intentar ponerle remedio. Pero -como siempre en los últimos tiempos-, si uno conoce bien la materia de que se trata, acaba dándose cuenta de que sus maniobras propagandísticas no ponen más que tiritas y mercurocromo sobre una enfermedad que precisa hospitalización y cirugía. Aunque a quienes miran habitualmente al dedo y nunca a la luna les deslumbren las continuas performances de nuestra sobreactuada izquierda actual.

La vivienda tiene en España -especialmente en algunas ciudades y Comunidades Autónomas como la balear- el problema básico de su escasez, que determina su carestía. No hace falta haber ganado el Premio Nobel de Economía para entender el funcionamiento del mercado: cuando hay más oferta que demanda bajan los precios, y cuando la demanda es superior a la oferta los precios suben. En nuestras islas, además, todo se agrava por el hecho de vivir en un espacio limitado, en el que priman desde hace años comprensibles medidas conservacionistas para evitar consumir más territorio. Aunque todos deberíamos asumir que, si queremos proteger el medio ambiente de una creciente urbanización, ello supondrá -necesariamente- el encarecimiento de lo que ya está edificado. Por eso hacen mucha falta soluciones imaginativas que permitan solventar este grave problema.

Lo primero que deberían hacer los políticos, cuando hablan de materias tan delicadas para todos, es dejar de engañar a la gente. De una puñetera vez. La vivienda es también muy cara porque tiene una fiscalidad terrible, de la cual ellos son los únicos responsables. El tipo normal del Impuesto de Transmisiones Patrimoniales en las Islas Baleares (que es un impuesto de gestión y recaudación autonómica) es el 8% del valor del inmueble, y de ahí va subiendo por tramos hasta alcanzar el 11%. El mismo impuesto en Madrid se paga al 6%. Si a ese atraco tributario le sumamos el hecho de que los bancos financian actualmente hasta un 80% del valor de la vivienda, nos encontramos con que un joven que pretenda comprarse su primer piso debe tener previamente ahorrado -como mínimo- un 28% de su precio. Algo realmente difícil en un país con el mayor paro juvenil de Europa y con la precariedad de sueldos actuales.

Una de las soluciones prácticas al desbocado coste actual de la vivienda resultaría tremendamente sencilla: bajar los impuestos. En muchos países por comprar inmuebles se paga una tasa simbólica. Pero en el nuestro habría que desmontar bastantes chiringuitos que sobran en la desmesurada Administración autonómica. Y eso, unos políticos tan aficionados a colocar a sus afines nunca lo harán. Prefieren distraernos a todos hablando de castigar a los fondos buitre, de combatir la especulación inmobiliaria o de penalizar a los grandes tenedores. Cuando los culpables del sablazo fiscal a nuestros jóvenes son exclusivamente ellos.

Tras llevar treinta años de ejercicio profesional como notario, firmando cada día unas cuantas escrituras de compraventa de toda clase de propiedades, y conociendo de primera mano los diferentes problemas que su mercado plantea, voy a ofrecerles hoy -gratis total- otras dos soluciones fáciles y rápidas (además de bajar los impuestos) para paliar el problema de la vivienda en la ciudad de Palma, tanto en lo referido a su escasez como a su carestía. Que podrían extrapolarse fácilmente a bastantes más municipios de nuestras islas y de otros territorios turísticos.

La primera, que solventaría además otro problema adicional, es negociar con los propietarios de hoteles degradados de baja categoría (de una o dos estrellas, típicos del turismo de playa y borrachera) la reconversión de sus inmuebles en apartamentos de entre 60 y 90 metros cuadrados para ser ofrecidos a ciudadanos jóvenes empadronados en Baleares por un precio razonable. De esta forma se eliminaría el turismo de baja calidad, no se consumiría ni un metro cuadrado de nuevo territorio (los edificios ya existen y, además, se renovarían) y se ofrecerían viviendas baratas al público local. Ya la Ley General Turística del año 2012 regulaba soluciones similares, pero la izquierda -como hace siempre que sospecha que algo puede beneficiar a determinados empresarios- la derogó. Con las consecuencias que todos conocemos.

Una segunda solución es aún más fácil que la anterior. Resulta que existen en Palma un montón de oficinas y locales comerciales que han quedado vacíos a raíz de la pandemia y su consiguiente retracción de actividad comercial y empresarial. Y, además, que muchos de ellos -especialmente en los barrios más alejados del centro- difícilmente se van a volver a ocupar. La normativa municipal es en estos temas excesivamente restrictiva, dificultando los cambios de uso e impidiendo que en los locales de las plantas bajas se instalen viviendas, cosa que en los pueblos de Mallorca -y de muchos otros lugares- resulta de lo más normal. ¿Por qué razón de peso no pueden existir en Palma viviendas a ras de calle o en los entresuelos de los edificios? Si cambiasen la normativa permitiendo que en locales y despachos se instalasen viviendas -con las condiciones de habitabilidad necesarias- saldrían a la venta en gran número y a buen precio.

Como pueden ustedes comprobar, los problemas no se arreglan con campañas publicitarias, promesas deslumbrantes o propaganda barata. Tampoco sacando titulares de prensa con anuncios de Leyes que difícilmente se podrán aplicar. Les recuerdo que la competencia en materia de “ordenación del territorio, urbanismo y vivienda”
corresponde, según el artículo 148.1.3 de nuestra Constitución, a las Comunidades Autónomas, y que los Ayuntamientos tienen también cedida la potestad normativa para elaborar los Planes Generales de Ordenación Urbana dentro del territorio municipal.

Por ello, el reciente brindis al sol de Pedro Sánchez sirve para lo que sirve. Para subirle el ego y añadir autobombo a su persona. Los problemas se solucionan yendo al fondo de cada asunto y arbitrando soluciones prácticas. Pero las dificultades vienen cuando los prejuicios ideológicos impiden a algunos hacer ciertas cosas que son de cajón.

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