Parece que se extiende un sentimiento generalizado entre la afición del Mallorca que, por cierto, decrece en asistencia al tiempo que aumenta su número de socios. Dicen que van por los 9.000, pero la visita del Cornellá solo convocó a menos de 7.000. Algo no cuadra. Pero si, la coletilla más frecuentes es la de que “no nos gusta la Segunda B, pero nos encanta ganar”. Es perfectamente comprensible, propio de la esencia del fútbol, tal como lo expresaba Luis Aragonés, si bien hasta hace poco era un principio opuesto a la filosofía de Maheta Molango que si en primer lugar advertía que las ansias de victoria generaba un problema cada jornada, después afirmaba públicamente en rueda de prensa que la aspiración del club en la nueva y no deseada categoría era competir.
Tienen razón quienes abogan por la tiranía del resultado y la aplican. Hace años en plena crisis, con los derechos de los jugadores vendidos en subasta, la luz y el teléfono del Lluis Sitjar cortadas por falta de pago, etc, el presidente de la comisión gestora regente me preguntaba qué se podía hacer. Mi respuesta fue sencilla e inmediata: ganar partidos. Es el único antídoto contra cualquier situación por caótica que sea. Hubiera resistido hasta el mismísimo Claassen, lo que tal vez explicaría el por qué los designios del destino fueran por otro lado.
Mientras, en el otro lado, los cuatro partidos sin ganar del Atlético Baleares empiezan a poner en la picota a Armando de la Morena. Ya se sabe, estas cosas empiezan con firmes declaraciones empresariales de máxima confianza, seguidas del compromiso inquebrantable de la plantilla con su técnico y terminan como el rosario de la aurora. Lo cierto es que ya se escuchan voces disidentes y como el Badalona moje este domingo en Son Malferit, el rumor adquirirá volumen de clamor. Valga el pareado.






