Era previsible. El inexplicable reconocimiento por parte de la Sala segunda del Tribunal Supremo a Francina Armengol del privilegio franquista -rayano en lo medieval- de poder declarar por escrito en una causa penal -ciscándose en los principios constitucionales más elementales-, en atención a su dignidad quasi papal, no nos ha salido gratis a los ciudadanos.
Responder -y no digamos ya mentir- a un tribunal mirando a los ojos a sus magistrados bajo la presión de las ignoradas preguntas de las acusaciones, formuladas verbalmente y sin previo aviso, es una cosa, y que te envíen a tu despacho un pliego con un cuestionario que vas a poder leer y releer con tus abogados docenas de veces antes de suscribir una respuesta y que, además, no admite repreguntas es otra. Ya es mala suerte que la igualdad ante la Ley, la inmediación y el principio de contradicción no les entrasen a estos magistrados en el temario de las oposiciones.
Obviamente, quien únicamente tiene la leve carga de firmar el escrito que le ha preparado el competente equipo de juristas que la rodea, no tiene siquiera la oportunidad de ruborizarse ante la mendacidad de sus propias respuestas.
“Las mascarillas se contrataron solas, Señoría. Durante el confinamiento, yo estaba demasiado ocupada tomando copas de madrugada en el Hat Bar con mis acólitos como para atender minucias como esa. Nunca hablé con el tal Koldo, mi cariño, y si le contesté con un ¡súper! a su mensaje es porque lo confundí con mi gasolinero de cabecera, y pensé que me quería llenar el depósito. Por supuesto, no conozco de nada a ese señor. Y de Ábalos, al que tampoco conozco, qué le voy a decir que ustedes no sepan ya. Tampoco tuve conocimiento jamás de que las mascarillas fueran defectuosas, y por eso tampoco autoricé ni supe nada de que se volviera a contratar a Koldo para los test pcr. Por cierto, ya le he dicho que no lo conozco, ¿verdad? Por eso firmé una reclamación a la empresa de mi súper-cariño tres años después, cuando perdí las elecciones, algo de lo que tampoco me enteré demasiado. I prou. Su segura servidora, Francesca Lluc Armengol Socias.”
La anterior transcripción, que he recibido por telepatía digital, falsa de toda falsedad, tiene, sin embargo, el mismo valor y poder de convicción que la auténtica. Y este es el estropicio causado por quienes, ostentando la más alta representación del poder judicial, confunden administrar justicia con administrar política.





