SOCIEDAD

Las tripas del aeropuerto de Palma: la infraestructura más hermética de la isla

El mostrador de facturación tiene algo de umbral. Uno de esos lugares donde se concentran, en apenas unos metros, casi todas las emociones posibles. Esta mañana, en el estándar 518 del Aeropuerto de Palma, una familia arrastra tres maletas enormes con la lentitud de quien no quiere despedirse del verano. Detrás, una pareja joven se empuja el uno al otro con esa energía nerviosa y feliz que solo tienen los que están a punto de irse de vacaciones por primera vez juntos. Más atrás, un hombre de mediana edad consulta el móvil en silencio. Nadie sabe a dónde van. Pero al otro lado del mostrador, Carolina Espinosa sí lo sabe.

LAS PERSONAS DETRÁS DEL MOSTRADOR

Carolina lleva nueve años en este lado de la balanza. Nueve años recibiendo a personas que llegan al aeropuerto cargadas de maletas y de historias que ella nunca termina de conocer del todo. "Detrás de cada pasajero hay una vida", dice mientras gesticula hacia la cola que se forma. "Hay gente que viene a despedirse de un familiar. Gente que lleva años ahorrando para ese viaje. Gente que va a reencontrarse con su familia después de meses. Aquí no atendemos billetes y equipaje, atendemos personas."

Fila de pasajeros antes de ser atendidos por el personal de South Europe Ground Services / Foto: J. Fernández-Ortega

Carolina trabaja para South Europe Ground Services, la filial de handling del Grupo IAG en España. Nacida en 2024 pero heredera de décadas de experiencia en los servicios de tierra de Iberia, la empresa opera hoy en 38 aeropuertos de todo el país. En Palma solo el año pasado movió a 5,5 millones de pasajeros, lo que convierte este aeropuerto en el segundo de mayor volumen de toda su red.

LAS CARAS VISIBLES QUE RECIBEN LAS QUEJAS

"Somos la cara visible de las aerolíneas", explica Carolina, "pero no trabajamos para ellas. Nosotros prestamos un servicio. Las normas las ponen ellos; nosotros las aplicamos." Una distinción que parece sencilla sobre el papel, pero que en la práctica complica enormemente la vida de las personas que trabajan en estos mostradores. Porque cuando un pasajero llega con la maleta dos centímetros más ancha de lo permitido y le dicen que no puede facturarla así, el enfado no va dirigido a la aerolínea que redactó esa norma. Va dirigido a la persona que tiene delante.

"Intentamos siempre explicarlo con calma", dice Carolina. "Que la medida no la ponemos nosotros, que simplemente estamos cumpliendo lo que nos exige la compañía como cliente nuestro. Y casi siempre, si tú mantienes la calma y los tratas con amabilidad, te los llevas a tu terreno." Casi siempre. "También intentamos buscar soluciones: si es un kilo de más, a veces con sacar unos zapatos al equipaje de mano ya está. Ese trato directo es lo que nos diferencia de una máquina."

Esa diferencia, la del factor humano, es algo en lo que Carolina insiste cuando le preguntamos por la automatización creciente. "Cuando te atiende una máquina, sientes la frialdad. Nosotros seguimos dando esa calidez. Hay gente que cuando llega al aeropuerto ya viene con una ansiedad enorme, con miedo a volar, con la cabeza en otro sitio. Tú eres la primera persona con la que hablan. Tienes que ayudarles a que ese tramo, aunque sea corto, sea lo más agradable posible."

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LA PUERTA QUE NINGÚN PASAJERO PUEDE CRUZAR

Dejando atrás el mostrador, los guías de esta visita abren a mallorcadiario.com una puerta que la mayoría de los pasajeros nunca cruzará. Al otro lado, el aeropuerto cambia. Desaparecen las tiendas, los olores a café y a perfume, el ruido amortiguado de los pasillos. Lo que aparece en su lugar es algo más difícil de describir: una especie de ciudad paralela, funcional y ruidosa, que existe exactamente debajo de todo lo que cree conocer la gente.

Carreteras, señales más técnicas, suelos más ásperos y parkings más amplios preparados para recibir los vehículos alados. Con chalecos reflectantes —obligatorios en esta zona— los pies traspasan una línea que hasta la fecha AENA no había dejado cruzar a ningún periodista.

LLEGADA DE UN AVIÓN A PIE DE PISTA

El primer impacto es sonoro. El ruido de los motores lo llena todo. El calor de las máquinas y el ambiente eleva la temperatura progresivamente. En el horizonte las aeronaves ruedan una tras otra. Un Airbus A320 de Vueling irrumpe ante la mirada perdida del equipo, se aproxima lentamente hacia las marcas pintadas en el suelo, guiado con una precisión milimétrica hasta que el finger —esa pasarela que todo viajero ha cruzado alguna vez sin pensar en lo que hay debajo— se desplaza para acoplarse a la puerta delantera.

Mientras tanto, junto al avión, esperan. Diez personas. Cascos, guantes, calzado de seguridad. Una luz roja parpadea: señal de que aún no deben moverse. Cuando deja de parpadear, todo ocurre a la vez.

David Castellano es uno de ellos. Lleva años en este trabajo y pertenece a lo que dentro de la empresa llaman "el perfil especializado de rampa". No solo carga y descarga equipaje, sino que opera el tractor de push back que empujará el avión hacia atrás cuando llegue el momento de partir, coloca las escaleras cuando no hay finger, posiciona los autobuses en los vuelos de pista. "Cada uno sabe lo que tiene que hacer en el momento en que llega el vuelo", explica. "Se activa directamente la operativa sincronizada. No hay que coordinarse desde cero cada vez. Todo está calculado."

Lo que David hace en los primeros segundos después de que el avión se detiene resulta invisible para los pasajeros y fundamental para la operación: conecta el cable de 400 hercios que le da corriente eléctrica al avión y el tubo que inyecta aire desde tierra, calza el avión, sitúa una pequeña pinza que bloquea la rueda delantera y se prepara para descargar el equipaje.

35 MINUTOS PARA DESCARGAR Y CARGAR

Personal de tierra personal de South Europe Ground Services descarga maletas en un avión de Vueling en el aeropuerto de Palma / Foto: J. Fernández-Ortega.

El reloj corre. El equipo tiene 35 minutos desde que el avión se detiene para descargarlo, repostarlo, cargarlo con el nuevo equipaje y los pasajeros, y devolverlo al piloto listo para despegar. Treinta y cinco minutos en los que se mueven vehículos, cables, maletas y personas en una coreografía que no admite errores. "El margen es prácticamente nulo", dice Castellano.

Mientras se mueve con celeridad, el personal de rampa explica que esa rapidez se debe a que si salen un minuto tarde, tienen que justificarlo ante la compañía. "Hay más de 90 códigos distintos para justificar un retraso. Pero no empezamos el día pensando en el margen de error. Empezamos pensando en resolver."

Arriba, al otro lado del fuselaje, los pasajeros miran por las ventanillas o consultan el móvil. Algunos suspiran. Ninguno ve esto.

"Si el equipo de handling desaparece", resume David con la sencillez de quien enuncia algo evidente, "el aeropuerto se para. Somos el motor silencioso. Hacemos un trabajo fundamental en un engranaje complejo, y aunque la gente no sea consciente de que estamos aquí, siempre estamos para que todo salga en hora."

EL 'CUARTEL GENERAL' DEL HANDLING

De nuevo en el vehículo, la visita continúa a través de la pista. El aeropuerto, visto desde aquí, tiene una escala diferente. Los aviones son más grandes, las distancias más largas, la actividad más densa de lo que cualquier ventanilla de terminal podría sugerir. Un edificio discreto, alejado de las puertas y sin ningún cartel llamativo que anuncie lo que ocurre dentro, es la nueva parada en este viaje. Es el cuartel general de South Europe Ground Services en Palma.

Trabajadora de South Europe Ground Service atiende la llegada de vuelos al Aeropuerto de Palma / Foto: J. Fernández-Ortega

Dentro, el contraste con la pista es total. Aquí no hay ruido de motores. Hay pantallas. Muchas pantallas. Llegadas, salidas, estados de vuelo, mapas en tiempo real con los puntos que representan cada avión que se mueve en el espacio aéreo coordinado por el equipo. Por un momento, la sala recuerda a esas escenas de película americana donde un grupo de personas con auriculares dirigen operaciones complejas desde una sala llena de luz azulada. Excepto que aquí no hay drama. Hay matemáticas y conversaciones continuas.

AL SERVICIO DE LAS AEROLÍNEAS

"Nosotros no somos controladores aéreos", aclara Andrew Ríos, coordinador del equipo de backoffice, mientras señala las pantallas. "Nuestro papel es otro. Somos una empresa de recepción y envío. Las aerolíneas nos mandan su programación de vuelos y nosotros organizamos los recursos humanos y materiales para que cada avión reciba el servicio que necesita, en el tiempo que necesita, con los estándares que la compañía exige."

Desde aquí se coordinan en tiempo real los equipos de rampa en pista, el personal de puerta de embarque y los mostradores de facturación. Si hay un cambio de última hora, un retraso en cadena o una incidencia meteorológica, este es el lugar donde se toman las decisiones.

En verano, Palma se convierte en el segundo aeropuerto de España en número de vuelos, solo por detrás de Madrid. Desde esta sala, eso se nota. "El procedimiento es siempre el mismo", dice Ríos, "pero multiplicado. Y para eso se refuerzan los equipos, se flexibilizan los turnos y se trabaja para que cuando lleguen los picos, el capital humano pueda responder."

LAS OBRAS QUE NO VEN LOS PASAJEROS

Recorrer las tripas del Aeropuerto de Palma ofrece una nueva dimensión de las obras y la transformación que vive esta infraestructura de proporciones monumentales. Los andamios, las zonas acotadas y las cintas de maletas con polvo esperando a ser instaladas son visibles desde aquí. Las terminales que gestiona AENA en Palma están en uno de los momentos de mayor inversión de su historia, y se nota tanto en lo que ya está terminado como en lo que todavía le falta.

DE VUELTA A LA REALIDAD DEL PASAJERO

La vuelta a la terminal tiene algo de aterrizaje brusco. El ruido vuelve de golpe: el de las maletas con ruedas sobre el suelo, el de los niños corriendo, el de los megáfonos anunciando el cierre de embarques. Todo vuelve a parecer lo mismo que antes. Pero no lo es.

En el mostrador 518, Carolina atiende a una nueva cola. Sonríe a una señora que no entiende por qué su maleta pesa demasiado. David ya está en otra rampa, conectando otro cable de 400 hercios a otro avión que dentro de media hora volverá a despegar. Andrew sigue mirando sus pantallas, anticipando el siguiente pico.

Ninguno de ellos saldrá en la foto de las vacaciones de nadie. Ninguno aparecerá en el recuerdo del viaje. Pero sin ellos, el viaje no existiría.

Rafa Gil y J. Fernández Ortega

Graduado en Periodismo en el Centro de Enseñanza Superior Alberta Giménez (CESAG). Pasé por IB3 Radio y ejercí posteriormente como Responsable de Comunicación en PIMEM, Cercle d'Economía, Juaneda y diferentes empresas privadas. Ahora, en Mallorcadiario.com desde septiembre de 2024. Periodista todoterreno especializado en el mundo empresarial, redes sociales y marketing. Aunque mis pasiones son escribir sobre cultura, sociedad y tribunales. Nacido en el 91, me considero un millennial enamorado de tiempos pasados.

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