La cuestión ahora, en la aurora de los grandes modelos de lenguaje y las inteligencias artificiales generativas de contenido, en la frontera del uso popular de agentes -máquinas que dan orden a otras máquinas bajo nuestra dirección o no-, es identificar la información relevante, la de cualidad suficiente para sernos útil. Esa información escasea y está oculta. La mayor parte de las veces no es inaccesible, pero está sepultada bajo tal cantidad de otra información, de otras cosas, de copias de copias, que no la podemos ver. ¿Cómo identificamos lo importante? ¿Cómo saber qué es bueno? ¿Qué cierto? ¿Dónde está el valor? La discriminación, la diferenciación entre lo superficial y relevante, será una habilidad fundamental. Pero ¿qué se necesita para hacer ese juicio? Desde luego tener uno propio. ¿De dónde proviene esa discreción, esa voluntad de separar (o de unir) que debemos realizar en este mundo anegado de información, de imágenes, de textos? No se trata de abolir la validez de lo generado artificialmente, no. De lo que hablo es de tener un criterio propio que nos permita filtrar y utilizar lo que se nos ofrece a chorro, en bruto, en cantidades que el cerebro humano no puede procesar, y es relevante. Y aquí está la primera paradoja. Esto que los educadores definen como espíritu crítico únicamente puede obtenerse, salvo para los iluminados, con estudio. Y es el estudio de algo considerado socialmente (y esto dice mucho de nuestra sociedad) como de menor categoría: menos útil, menos preciso, con menos salidas. Me refiero a las humanidades en sentido amplio: a la filosofía, a la literatura, a la historia, arte, latín, griego. No es que crea que son importantes. Es que sin una aproximación mínima a estas disciplinas (quizás griego clásico sea un poco para los muy cafeteros, pero insisto en la aurora de rosados dedos) es imposible generar unas bases para la reflexión personal con contenido, que evolucionará con el tiempo, que cambiará, que tendrá su propia vida, de eso se trata. Aquí la utilidad no se mide en las salidas, en el salario medio al que ya no podrás acceder según las últimas estadísticas. Aquí la utilidad se mide en términos de pensamiento y libertad, en ser capaz de articular tu propio discurso para confrontarlo con la realidad, con la máquina, con lo que viene de fuera. Podemos también atrevernos a nombrar lo bello, qué es lo importante pare nosotros, atisbar una comprensión de cosas más profundas, entender que sobre gustos es sobre lo que más se ha escrito. También nos faculta para la disidencia, para poder cambiar de opinión, para entender porqué podemos estar de acuerdo. Y sí, hay que leer, indefectiblemente hay que leer. Mucho. Preferentemente en papel, por ser una tecnología la del libro extraordinariamente útil para almacenar información y ser comprendida, favorecedora de la lectura en profundidad. Testigos de nuestros devaneos, de nuestra indagación vital, señales en el camino.
Segunda paradoja, ésta sobre la lectura en profundidad: necesitamos desesperadamente algo que se nos ha arrebatado por la industria extractiva de datos. Este estudio, esta dedicación, nos pide atención, necesita tiempo. Requiere, específicamente una habilidad que ya Nicholas Carr hace casi veinte años veía amenazada. Una atención cualificada hasta el ensimismamiento: desplazarnos hacia un tipo de pensamiento en el texto y por el texto. Pero esto es imposible bajo la exigencia del reel de quince segundos, la sucesión de tuits, resúmenes de la copia del resumen, lo viral cotidiano. La vida que fluye entre click y click. Sin foco. Sin coherencia hasta que nosotros se la demos.



