La idea de convertir los residuos en recursos. Esa es, en esencia, la apuesta que el Govern balear está trasladando del papel a la práctica a través de la Dirección General de Economía Circular, Transición Energética y Cambio Climático. El escenario más reciente en el que su director general, Diego Viu, ha expuesto esta hoja de ruta en la Cátedra de Insularidad de la Universitat de les Illes Balears, dentro del ciclo Residuos y economía circular en las islas de la Unión Europea. Un foro que ha servido también para poner sobre la mesa los números que hacen de esta política algo urgente, no solo deseable.
La generación de residuos en Baleares alcanzó en 2024 los 682 kilos por habitante y año, una cifra que se sitúa un 46 por ciento por encima de la media estatal. La radiografía de un modelo que combina alta actividad turística, logística insular compleja y, según la fundación Rezero, la necesidad de aplicar políticas efectivas de prevención. Dando mayor fuerza a la recogida selectiva en Baleares y mejorando las cifras por debajo del 15 por ciento.
UNA CONVOCATORIA DE 4 MILLONES PARA ESTE VERANO
Para ello, desde la Dirección General que encabeza Viu han lanzado una convocatoria de proyectos de economía circular prevista para este verano, dotada con una estimación de 4 millones de euros cofinanciados con fondos europeos ITS y FEDER. Tendrá tres ejes: apoyar iniciativas ya en marcha, impulsar ideas viables que todavía no han podido desarrollarse, y financiar estudios sectoriales para analizar qué materiales importan y exportan los distintos sectores productivos de las islas y qué parte acaba convirtiéndose en residuo.

El objetivo de esos análisis es detectar residuos que puedan reconvertirse en recursos útiles para otras actividades. Una lógica que, en un territorio que importa casi todo lo que consume y tiene que gestionar los residuos resultantes sin apenas espacio, no es solo medioambiental: es económica.
“UN LABORATORIO FÍSICO DE LOS LÍMITES”
Viu utiliza una expresión precisa para definir la situación de Baleares: "Un laboratorio físico de los límites". La insularidad, lejos de ser un handicap, obliga al archipiélago a buscar soluciones que otras regiones continentales pueden posponer. "La logística de importar materiales para luego devolverlos nos penaliza por ser islas", explica, defendiendo la necesidad de abrir un proceso participativo con todos los sectores implicados.
Cada tonelada de material que se reutiliza o recicla dentro del propio territorio evita un doble coste: el de importar materia prima nueva y el de exportar el residuo. En un archipiélago con alta presión turística y dependencia logística del exterior, ese ahorro tiene una relevancia mayor que en cualquier región peninsular.
LO QUE YA FUNCIONA
Más allá del diagnóstico, hay señales positivas. El director general señala como ejemplo concreto la reducción de residuos orgánicos enviados a vertedero desde 2019, gracias a la mejora de la recogida separada y al aprovechamiento de esos materiales para producir compost y abono.
En materia de vidrio, Baleares lidera en España la recogida selectiva con 33 kilos por habitante en 2025, con un total de 52.055 toneladas depositadas en el contenedor verde, el equivalente a 113 envases por persona. Y en 2024 se recuperaron cerca de 3.000 toneladas de aceites industriales usados, con el 100 por cien del residuo sometido a procesos de valorización, generando nuevos lubricantes y combustible industrial.

BARRERAS REGULATORIAS EN EL PUNTO DE MIRA
Uno de los frenos más concretos que ha identificado la Dirección General es el denominado "fin de la condición de residuo". Se trata de un procedimiento que permitiría que determinados materiales dejaran de clasificarse como residuos y pudieran volver al mercado como productos.
El problema es que la normativa actual dificulta ese proceso. Por eso el Govern prevé realizar este año un análisis específico de las trabas regulatorias que están obstaculizando el desarrollo de la economía circular en las islas.
UN RETO CULTURAL
La reflexión más reveladora de Viu sitúa el principal obstáculo no en la tecnología, sino en los hábitos. "Tenemos que cambiar nuestra relación con las cosas, ser congruentes con lo que usamos y el uso que le damos", afirma. Para ilustrarlo, recurre a un argumento generacional: antes de que existiera el concepto de sostenibilidad, reparar, guardar y reutilizar era simplemente una norma de sentido común. "Desperdiciar era caro", resume.
El reto actual, según el director general, es combinar esa cultura del reaprovechamiento con la innovación tecnológica y los sistemas de trazabilidad que permiten conocer el recorrido exacto de cada residuo. Tecnología y sentido común, en definitiva, al servicio de un modelo que Baleares no puede permitirse no tener.





