Desiderata

Las gotas de lluvia deberían de resbalar siempre lenta y suavemente sobre un cristal, sobre un paisaje solitario o sobre las calles de nuestra ciudad, al amanecer, al atardecer o cuando está ya anocheciendo.

Deberíamos de buscar y de intentar encontrar cada día las palabras más cálidas o más hermosas para decirlas a las personas que más amamos, junto con las palabras más dulces, las que menos duelen o las que están más llenas de esperanza. Deberíamos de intentarlo siempre, aunque a veces no lo logremos, o no lo hagamos del todo bien, o tal vez no como quizás debiéramos.

Los posibles enfados cotidianos, motivados muchas veces por pequeñas nimiedades, no deberían de durarnos nunca más de dos o tres minutos. Cada vez que nos equivocamos en un juicio de valor, cada vez que somos injustos, cada vez que hacemos daño a alguien aun sin querer, deberíamos de pedir perdón sinceramente.

En la vida de cada uno de nosotros debería de haber siempre un recuerdo, como mínimo al menos uno, precioso, único e imborrable. El tiempo de nuestra vida debería de ser siempre lo suficientemente largo, o lo suficientemente pleno, para que al marcharnos no echáramos en principio nada esencial de menos, o nada de todo lo hermoso que cada ser humano debería de haber vivido o conocido a lo largo de su existencia.

Las historias de amor, las comedias románticas y las películas de suspense deberían de terminar siempre bien. Los actores y las actrices no deberían de envejecer nunca o casi nunca. Y nosotros tampoco, a poder ser. Siempre deberíamos de tener tiempo para poder quedar con la persona con la que deseemos quedar y también deberíamos de tener tiempo para estar quizás simplemente en soledad. Nunca deberíamos de olvidarnos de dar sinceramente las gracias por todas las cosas buenas que ocurren o suceden.

El chocolate, los robiols y los crespells no deberían de engordar. Los periódicos de papel, las librerías y los cines deberían de existir siempre. Nunca deberían pasar de moda los pantalones de cuero, las prendas de lana o los tacones de aguja. Los grandes premios de la Lotería o de la ONCE deberían de tocarnos al menos una vez en la vida. O dos. El Mallorca debería de estar siempre en Primera División.

Deberíamos de disfrutar más de cada momento, vivir más plenamente, a veces viajando y planeando cosas, y otras veces a lo mejor descansando tranquilamente en casa, quizás leyendo un libro, o escuchando una canción, o mirando tras el cristal cómo las gotas de lluvia caen lenta y suavemente.

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