El miércoles pasado un señor de 95 años subió a un estrado por su propio pie, y no sólo fue capaz de pronunciar sin papeles un breve discurso de agradecimiento, sino que hizo reír a la audiencia con su sentido del humor. Hay una edad que no consiente filtros. Lo que se ve es lo que hay, y el caso de Gabriel Barceló, confundador y presidente de honor del Grupo Barceló, ejemplifica una estirpe de empresarios que si hubiera nacido en Pensilvania tendría estatuas repartidas por todo Estados Unidos.
Hay que felicitar a Diario de Mallorca por el setenta aniversario de su cabecera, una efeméride que pocos periódicos llegan a celebrar en estos tiempos de crisis del oficio. Y hay que felicitar también a sus responsables por conceder el Premio Trajectòria Empresarial a Gabriel Barceló, sobre todo teniendo en cuenta la belicosidad con la que algunos de sus empleados tratan cualquier información referida a la actividad turística en Baleares.
Nadie sensato puede negar hoy los impactos negativos que acarrea el turismo de masas. Pero de ahí a fomentar o dar altavoz al discurso de la turismofobia hay un trecho amplio que algunos periodistas recorren cada vez que se les presenta la ocasión. También es cierto que un periódico se escribe para sus lectores, y entre éstos crece la proporción de los que se sienten agobiados por tanto visitante. Por eso mismo tiene sentido el debate social sobre los límites de un modelo productivo que no se puede estirar como un chicle, pero sin caer en la demagogia y en la caricatura fácil de los explotadores con puro y chistera.
En cualquier caso, de empresario a empresario, bienvenido sea el abrazo sentido del presidente de Prensa Ibérica, Javier Moll, al entregar el premio a un visionario como Gabriel Barceló, un emprendedor que puso el nombre de Mallorca en el mundo antes que se inventaran las ferias turísticas.
Ya digo que no es fácil conjugar la fobia contra las empresas privadas de una parte del periodismo de izquierdas con la necesidad de sacar adelante una cuenta de resultados capaz de abonar sus nóminas. Sucede lo mismo con los políticos. En el mismo acto de Diario de Mallorca la presidenta del Congreso de los Diputados, Francina Armengol, pronunció un discurso impecable loando a los galardonados por “tener un sueño colectivo” y “hacer cosas para mejorar la vida de los demás”. Todo el mundo entendió que incluía en sus agradecimientos al hotelero nonagenario.
Es una lástima que Armengol no mantuviera una visión tan generosa del empresariado de Baleares durante sus ocho años al frente del gobierno autonómico. Porque una cosa es predicar y otra dar trigo. Es fácil presumir de diálogo social con las patronales cuando el negociador se presenta en la mesa con el BOIB en una mano y la inspección de Trabajo en la otra. La semana previa a las últimas elecciones autonómicas Iago Negueruela advertía a representantes de una asociación que tuvieran cuidado con los videos y declaraciones contra las políticas del Pacte, porque en unos días tendrían que volver a sentarse con él, y los estaría esperando. De ahí que el sentido elogio de Armengol sobre la figura de Gabriel Barceló sonara algo incongruente con sus políticas prohibicionistas, y sobre todo con sus alianzas para gobernar.
Marga Prohens escuchó en primera fila al panegírico de Armengol, y tengo para mí que le costó no revolverse en su asiento. Eso explicaría el discurso un tanto furioso que la presidenta de Baleares pronunció a la mañana siguiente en Ibiza clausurando la Gala del Empresario del Año de CAEB. “Se ha acabado criminalizar a los empresarios”, dijo Prohens. La frase arrancó aplausos porque muchos de ellos se han quejado -sobre todo en privado, todo hay que decirlo- de sentirse sospechosos frente a la Administración cuando presentaban un proyecto inversor. Uno me contaba aliviado que sentía que había pasado del “vamos a ver cómo te lo puedo parar” al “vamos a ver en qué te puedo ayudar”.
Los mismos que confunden el debate sobre el modelo turístico con el odio al visitante entienden que la política business friendly supone una suerte de barra libre para el empresario. Pero no es así. Si la izquierda moderada ha reconocido históricamente un interés social en la actividad empresarial, por fuerza ese reconocimiento ha de ser compatible con la búsqueda de un espacio de interés compartido entre lo público y lo privado. Justo lo contrario de lo que predica el populismo más radical cuyo discurso está contaminando a la socialdemocracia tradicional hasta hacerla desaparecer. Por eso mismo y más allá de los discursos, encontrar hoy gobernando a un representante de la izquierda moderada es tan difícil como ver volar un unicornio.