La noticia tiene algo de postal y algo de manifiesto: Susan Sarandon recibirá el Goya Internacional 2026 en Barcelona, en una gala que celebra el 40 aniversario de los premios. Y, de repente, el “nombre propio” deja de ser solo una estrella invitada: se convierte en una declaración de intenciones.
El Goya Internacional no se limita a premiar una película o un año brillante: es una distinción a una figura del cine mundial por su contribución al séptimo arte como espacio común, global, compartido. La Academia subraya en Sarandon una trayectoria extraordinaria y un compromiso público sostenido en el tiempo, dos rasgos que, juntos, dibujan un perfil poco domesticable.
Porque Sarandon no llega envuelta en el celofán de la nostalgia. Llega con una carrera que sigue viva en la conversación cultural —y con una presencia política que no pide permiso. La Academia, al premiarla, no solo mira al pasado glorioso: también acepta que el cine, cuando es de verdad, incomoda un poco.
Hay intérpretes que se vuelven “marca”; Sarandon, en cambio, ha jugado a ser muchas cosas sin perder el pulso. En la misma biografía conviven títulos de culto y grandes taquillazos, personajes que han marcado época y otros que se cuelan como agujas: Thelma & Louise, The Rocky Horror Picture Show, Atlantic City, El ansia o El cliente. Y, por supuesto, Pena de muerte, la película que le dio el Oscar y la consagró como algo más que carisma.
La Academia ha destacado esa combinación tan suya: talento, éxito, glamur… y una voluntad casi terca de no separar la vida del oficio. No es una actriz que “opina de vez en cuando”; es una figura pública con brújula —y con coste—, y esa mezcla, en 2026, se premia en un escenario español.
El galardón se entregará el 28 de febrero de 2026 en Barcelona, en el Auditori Fòrum del CCIB, durante una edición especialmente simbólica: la del 40 aniversario de los Premios Goya. La ceremonia estará presentada por Luis Tosar y Rigoberta Bandini, una combinación que ya sugiere que la noche quiere ser celebración, pero también conversación.
Que el homenaje ocurra en Barcelona no es un detalle logístico: es parte del relato. La gala mira hacia fuera —hacia el cine internacional— y, a la vez, se planta en una ciudad con vocación de escaparate cultural. La foto de Sarandon recogiendo el premio ahí, con el Mediterráneo cerca, tiene algo de metáfora fácil… y, por eso mismo, eficaz.
Sarandon se suma a una lista corta pero muy sonora de ganadores del Goya Internacional en años recientes: Cate Blanchett, Juliette Binoche, Sigourney Weaver y Richard Gere. Más que un “salón de la fama”, parece una constelación: estrellas con peso industrial, sí, pero también con personalidad fuera del guion.
Se premia una idea de cine: el que no se limita a entretener, el que se atreve a discutir el mundo. Y se premia, también, una forma de envejecer en pantalla sin pedir disculpas, sin volverse decoración. En un tiempo donde la neutralidad se vende como elegancia, el Goya Internacional 2026 parece decir lo contrario: que la elegancia, a veces, es mojarse.
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