La primera vez que vi la maravillosa película Locos de abril (1969) fue a finales de los años setenta, en un pase por televisión, creo que en ‘Sábado cine’, casi diez años después de su estreno en nuestro país.
Protagonizada por Jack Lemmon, Catherine Deneuve y Peter Lawford, estaba dirigida por Stuart Rosenberg, un muy notable realizador que también fue el responsable de otras películas igualmente memorables como La leyenda del indomable, Brubaker o Sed de poder.
La banda sonora era de Marvin Hamlisch, mientras que el tema principal estaba compuesto por Burt Bacharach y lo interpretaba Dionne Warwick, grandes nombres de la música todos ellos, que, sin duda, contribuyeron también a hacer de Locos de abril la comedia romántica realmente mágica e inolvidable que sinceramente considero que es.
En 1969, año en que fue rodada, aún parecía posible poder abandonarlo todo de repente, ya fuese un empleo, una ciudad o lo que fuera, y empezar una nueva vida completamente distinta y diferente en otro lugar, sobre todo si uno llevaba una existencia algo insatisfactoria o sin demasiados alicientes personales o profesionales.
Y eso es lo que quiere hacer el personaje que interpreta Jack Lemmon en esta película, abandonarlo todo e irse a París con la persona que ama, interpretada por Catherine Deneuve.
De Locos de abril recuerdo aún hoy, sobre todo, el momento en que se conocen los dos protagonistas, en una fiesta, así como también una secuencia en la que ambos charlan y toman algo en un local algo peculiar y exótico, y especialmente todo el tramo final de la película, con los amigos de Jack Lemmon acompañándole al aeropuerto a toda prisa.
También recuerdo a Jack Lemmon corriendo por la terminal de dicho aeropuerto para coger el mismo avión en el que ya se encuentra Catherine Deneuve, que en el asiento de al lado ha colocado el sapo de peluche que le regaló nuestro protagonista, con el secreto deseo de que se transformase en el "príncipe" con el que siempre había soñado.
En la última secuencia, el avión de la TWA en el que deseamos que ambos viajen se eleva majestuosamente, mientras está amaneciendo, y empiezan a aparecer entonces los títulos de crédito.
Casi seis décadas después, no sé si aún sería posible rodar una película con un final así, tan abierto, y no sólo ni principalmente porque la compañía TWA desapareció hace ya algunos años.
Pero a veces pienso que por mucho que a veces parezcan cambiar los tiempos, casi todos hemos tenido en alguna ocasión la tentación de abandonarlo todo y de empezar una nueva vida, la tentación de partir en un vuelo de madrugada hacia París, la tentación de poder ser, al menos una vez en la vida, unos locos enamorados, unos locos de abril.












