Corrían las postrimerías de los años ochenta cuando asistí por primera vez al boot de Düsseldorf. Entonces, la náutica en Mallorca avanzaba con una mezcla de ilusión y vértigo, sostenida por unas instalaciones que hoy vemos consolidadas, pero que en aquella época vivían en una fragilidad absoluta. Puerto Adriano, Portals, Alcudiamar o el propio Real Club Náutico, entre otros, trabajaban para atraer clientes y dotarse de estabilidad en un contexto de gran incertidumbre. Nada estaba garantizado, y cada paso hacia adelante se daba casi como un acto de fe.
Aun así, hubo visionarios que apostaron por construir infraestructuras que, con perspectiva, fueron mucho más que pantalanes: fueron la semilla del sector náutico moderno en Baleares. Pero esas instalaciones no se llenaban solas. Había que convencer armadores, buscar barcos, generar confianza y explicar —casi puerta por puerta— que Mallorca no solo tenía mar, sino un futuro sólido por delante. Aquel primer stand de las “Spanische Marinas” en Düsseldorf simbolizaba esa voluntad de abrirse al mercado alemán y europeo con un mensaje claro: aquí había un destino náutico por descubrir.
Hemos mantenido la presencia en el Boot durante todos estos años, pero volver a Düsseldorf sigue siendo, de algún modo, un viaje emocional. Ya no voy como aquel joven que buscaba clientes con ilusión temblorosa, sino con la serenidad —y también la preocupación— que dan décadas de experiencia. Y sigo creyendo que, para entender bien lo que nos ocurre, a veces hay que tomar distancia. El localismo ayuda en la gestión diaria, pero también puede convertirse en un velo que nos impide comprender cómo evoluciona el mundo. La náutica, más que muchos otros sectores, vive en un diálogo permanente entre lo que hacemos aquí y lo que sucede fuera.
La feria de Düsseldorf es el lugar ideal para tomar ese pulso global. No solo por sus cifras —más de 200.000 visitantes y más de 1.500 expositores en 16 pabellones—, sino por su ambiente profesional, donde las conversaciones son honestas y se comparten dudas y expectativas reales. La edición de 2026 vuelve a demostrar que el salón alemán es el punto de partida de la temporada europea: allí se marcan los ritmos, se presentan innovaciones y se contrastan percepciones de mercado.
Este año se percibía claramente un doble clima: fortaleza industrial y, al mismo tiempo, cierta tensión. La volatilidad del mercado estadounidense ha repercutido en Europa, recordándonos una vez más hasta qué punto dependemos de su estabilidad económica y regulatoria. Lo más inquietante es que ya no se trata solo de grandes ciclos: la industria es sensible a vaivenes inmediatos, cambios de humor en el mercado que se traducen en decisiones, inversiones y ritmos más prudentes. Ese “ruido de fondo” se notaba en los pasillos.
En este contexto, la presencia del Govern en la feria adquiere un valor especial. No es un gesto simbólico: es una manera de escuchar, observar, aprender y defender el sector desde dentro, justo donde se habla sin filtros. Y también sería deseable que la Administración Portuaria, responsable del dominio público sobre el que se asienta gran parte de nuestra actividad, estuviera presente en ese espacio donde se analiza el futuro del sector náutico europeo.
Otro aspecto que la feria ha puesto sobre la mesa es el valor de la seguridad jurídica. Los armadores no solo compran barcos: compran estabilidad. La reciente sentencia vinculada al RCNP ha supuesto un soplo de certeza que el mercado ha percibido inmediatamente. De hecho, los vendedores locales ya notan una mayor predisposición a renovar embarcaciones de mayor porte.
Pero Düsseldorf también dejó una señal de alerta: la estrategia de los operadores, que están dirigiendo su atención hacia otros destinos peninsulares. Mallorca seguirá siendo atractiva, pero el riesgo es que el negocio —la industria, los talleres, el mantenimiento y, por tanto, el valor añadido— acabe asentándose donde las condiciones administrativas y económicas son más favorables. Lo hemos visto en otros sectores: se genera valor aquí, pero se captura fuera.
A ello se suma el modelo de concursos aplicado en Baleares. Entiendo la voluntad de maximizar ingresos públicos, pero existe el riesgo de que este enfoque nos dé pan para hoy y hambre para mañana. Cuando las concesiones se adjudican a quienes presentan cifras desbordantes, surge la pregunta clave: ¿qué ganamos si llenamos la caja pública, pero los barcos —y, con ellos, el mantenimiento y la industria auxiliar— se marchan a otros destinos? Sin barcos no hay refit, no hay trabajo en los talleres, no hay actividad anual. Y esa industria es la que da estabilidad, empleo y conocimiento al sector náutico de Mallorca.
De Düsseldorf me llevo dos certezas. La primera: hemos avanzado muchísimo desde aquellos tiempos en los que un stand era casi un acto de fe. La segunda: estamos en un punto de inflexión. Mallorca tiene talento, infraestructura y un ecosistema náutico excepcional. Pero el liderazgo no se conserva por inercia. Hace falta visión, seguridad jurídica y una estrategia institucional coherente. Y hace falta, sobre todo, un modelo portuario que permita que el valor que generamos se quede aquí.
Düsseldorf me recuerda cada año que la náutica no espera. Y que Mallorca debe decidir si quiere ser solo el escenario… o también el lugar donde el valor se queda.
Bartomeu Bestard Figuerola. Presidente y CEO de Alcudiamar.





