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Todo está fatal

Por Jaume Santacana
miércoles 18 de mayo de 2022, 05:00h

Yo no se, ustedes, pero un servidor lo ve todo mal. Muy mal. Fatal. No hay más color que el puto negro, símbolo principal de desgracias y llanto; color del descolor; representante de la gran tragedia humana y estandarte de la “sin-vida”, o sea la muerte.

Uno va por la calle y se cruza constantemente con unos seres a quienes, con el tiempo, se les ha puesto cara de mala leche. Durante los años de la pandemia, por lo menos el pueblo estaba obligado a taparse la cara, lo que era un consuelo.

Y es que no se trata, solamente, de la llamada “crisis” (ya nadie sabe de qué crisis se trata) que, lentamente –o no tanto- amenaza con la destrucción de todas la civilizaciones habidas y por haber; con la lógica excepción de Australia que, no se sabe exactamente por qué, pero lo resiste todo. El motivo de la resistencia antípoda quizás sea el hecho de que vivan al revés… Decía que no es sólo la crisis económico-social, que también.

En lo que sería la intemperie más lejana se está abriendo, como un vulgar paraguas, una enorme raja en nuestro tan amado ozono; en cuanto la raja se despelote, nos vamos todos a tomar por saco o al garete; ustedes deciden.

En otro orden de cosas, el patrimonio mundial de pingüinos se adelgaza por momentos y a ellos no les llega el tiempo para copular más y más rápido. Hacen lo que pueden, pingüinos y pingüinas, pero el deshielo es evidente y cada minuto desaparece una pareja de estos deliciosos animalillos del Señor. Algunas de estas parejas aparecen, semanas más tarde, en Écija o Guadix (bueno, a Guadix llegan en tren, por que no alcanza el mar). Llegan desnudos, sin su característico frac i algo hambrientos, pero qué mas les da…se han salvado. Algún buen samaritano astigitano (o ecijanos, que también es gentilicio correcto) los adopta. En Écija no ha llegado aun el calentamiento global, porqué sus habitantes ya estaban, de siempre, bastante calentitos. Por el clima, digo.

El mundo “pobre” no prospera; las desigualdades económicas crecen sin freno; enfermedades contagiosas –y las restantes- se ceban en poblaciones miserables; los efectos meteorológicos arrasan ciudades, campos, desiertos y todo lo que haya que asolar, contando con la inestimable ayuda de tsunamis, terremotos, volcanes, inundaciones de mucho mojar y un largo etcétera .Por si todo esto fuera poco, en muchas partes del planeta (y no sabemos a ciencia cierta si también en nuestro universo o en alguna galaxia de por allí fuera) se cuecen, constantemente, duras batallas que, convertidas en guerras crónicas, se ceban en las poblaciones más miserables del mundo.

El crimen organizado campa a sus anchas mientras el narcotraficante y el fabricante de armas se lucra con enormes cantidades de dineros y maseratis; Al mismo ritmo jamaicano, el fenómeno de la corrupción (nada nuevo bajo el sol), muy arraigado en todo el planeta, se infiltra entre gobiernos y funcionarios; Por no citar robos, violaciones, malos tratos, asesinatos (en masa o selectivos) y una monumental lista de fechorías varias.

Para más inri, y en la más rabiosa de las actualidades, la invasión salvaje y criminal que el verdugo Putin está realizando en Ucrania y -en menor escala, claro- el espionaje de pacotilla, al más puro estilo de Mortadelo y Filemón, que nuestro muy amado CNI ha forjado en teléfonos y otros artefactos electrónicos a decenas de personas de distinta ideología con la excusa de salvaguardar la reconsagrada unidad de la Patria y la Matria (la Matria que les parió...).

Y ahora, señores, he dejado para el final, el peor de los males, el salto al vacío del mal, el rayo que todo lo fulmina, la guadaña de las personas sin discapacidad auditiva o de visión limitada, la enjundia del infierno y el pantano del desastre universal: esta noche, hoy para mi, el Festival de Eurovisión. Dios bendito y la Virgen del Amor Hermoso: ¡no nos abandonéis!

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